Aquellas palabras quedaron suspendidas entre los dos como una pausa pesada.
Él sintió crecer el fastidio. No le gustaba ese tono. No le gustaba que ella no se aferrara a él, que no intentara recuperarlo.
—Lo que pasa es que no quieres admitir lo evidente —dijo con brusquedad—. Hace años que soy infeliz contigo.
Carmen lo miró con atención, como si ya no tuviera delante a su marido, sino a un hombre al que por fin podía observar sin miedo.
—Puede ser —contestó—. Pero yo también era infeliz. Solo que me negué durante demasiado tiempo a reconocerlo.
Él soltó una risa breve y amarga.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a hacerte la mujer fuerte?
Ella no respondió de inmediato. Tomó una taza, sirvió café y la dejó frente a él.
—Pruébala —dijo—. Siempre te gustó esta tarta.
Eso terminó de sacarlo de su guion. No esperaba aquella tranquilidad ni ese cuidado extraño, casi improcedente.
—Te estás comportando de una forma rarísima —murmuró, aunque aun así se sentó.
Carmen ocupó la silla de enfrente. Entre ellos quedaba la misma mesa donde alguna vez habían cenado, planeado vacaciones, compartido noticias pequeñas. Ahora parecía una frontera que ya no podía cruzarse como antes.
—Solo he dejado de sujetar algo que llevaba tiempo yéndose —dijo después de una pausa—. Cuando una persona decide marcharse, no se la puede retener. Y, en realidad, tampoco hace falta.
Javier la observó fijamente, buscando en su cara alguna grieta, alguna señal de teatro. Pero ella permanecía tranquila.
—¿Así, sin más, me dejas ir? —en su voz apareció un matiz que ni él esperaba oír.
Carmen sonrió apenas, aunque ya no había calor antiguo en aquella sonrisa.
—Sin más, no. Pero ya no encuentro sentido a agarrarme a alguien que tomó su decisión.
Él apartó la mirada. Algo incómodo le pinchó por dentro.
—No vas a poder arreglártelas sola —dijo, intentando recuperar la sensación de superioridad que conocía tan bien—. El piso… sabes que vendí mi parte, ¿verdad?
Carmen asintió.
—Lo sé.
—¿Y eso no te asusta en absoluto?
Ella guardó silencio un instante.
—Me asusta —admitió—. Pero no como me habría asustado antes.
Javier frunció más el ceño.
—¿Qué se supone que significa eso?
Carmen miró hacia la ventana, donde la tarde empezaba a oscurecer despacio.
—Antes tenía miedo de perderte —dijo casi en un susurro—. Ahora he comprendido que me había perdido a mí misma mucho antes. Y eso sí era verdaderamente terrible.
Javier juntó los labios. La seguridad se le estaba volviendo incómoda dentro del cuerpo.
—Muy bonitas tus frases —se burló—. Pero la vida no cambia con palabras.
—Estoy de acuerdo —respondió ella, sin alzar la voz—. Por eso no pienso seguir viviendo como vivía.
Él se levantó de golpe.
—¿Crees que todo será diferente solo porque tú lo has decidido?
Carmen lo miró sin sobresaltarse.
—No —dijo—. Será diferente porque ya no permitiré que me traten como si no valiera nada.
La firmeza que atravesó su voz hizo que Javier se quedara desconcertado durante un segundo.
Sintió cómo le subía una rabia mezclada con algo más, algo a lo que no quería poner nombre.
—Te vas a arrepentir —escupió.
Carmen no dijo nada.
Él permaneció allí unos segundos, esperando que reaccionara por fin. Pero ella siguió callada. Entonces caminó con pasos bruscos hacia la salida.
Junto a la puerta, Javier se detuvo.
—¿Eso es todo? —preguntó sin volverse—. ¿Ni siquiera vas a intentar detenerme?
La habitación quedó en un silencio profundo.
—No —respondió Carmen con calma.
El chasquido de la cerradura sonó extrañamente fuerte.
Cuando la puerta se cerró, volvió a quedarse sola. Pero aquella soledad ya no le pesaba sobre los hombros. Era distinta: callada, nueva, casi ligera.
Carmen se acercó a la mesa, tomó una porción de tarta y se sentó. Al otro lado de la ventana se encendían las luces una a una; la ciudad seguía respirando a su ritmo, y en ese movimiento había algo inesperadamente esperanzador.
Bebió un sorbo de café y, por primera vez en mucho tiempo, sintió de verdad el sabor: intenso, cálido, real.
En alguna zona profunda de su pecho nació una certeza discreta: aún quedaba algo por delante. No sería inmediato. No sería fácil. Pero ya no sería igual.
Y en aquel silencio lleno de un sentido nuevo, Carmen comprendió con claridad que aquello no era el final.
Todo estaba empezando.
La mañana llegó casi sin hacer ruido. No se oyeron los pasos habituales en el pasillo, ni puertas de armario cerrándose, ni cucharillas chocando contra las tazas. La luz se colaba suavemente entre las cortinas, tocando con cuidado la habitación y esa realidad nueva en la que Carmen tendría que aprender a vivir. No despertó de golpe: abrió los ojos primero y después permaneció largo rato inmóvil, escuchando lo que sucedía dentro de ella. No había pánico. Había vacío, sí, pero ya no la aterraba. Se parecía más a una página limpia.
Carmen se levantó despacio, se puso la bata y fue a la cocina. La tarta de la noche anterior seguía sobre la mesa. Varias porciones continuaban intactas. Se quedó mirándola unos segundos y luego guardó el plato en la nevera con calma. Ya no era el símbolo de unas expectativas rotas. Era solo una tarta. Comida corriente.
