
En cualquier caso, lo de Patty es menos obvio. Como la belleza de la niebla de su ciudad. Acuosa. Con un punto de melancolía. Y de irrealidad. Su vida también tiene ese toque de realismo mágico. Como su apariencia, parece sacada de un cuento. Élfico. De niña, un cardenal afable y bonachón le abría el jardín del palacio para que jugara. Era el Palacio Roncalli y, aquel señor, el futuro Juan XXIII. Aprendía palabras en inglés gracias a otro señor estadounidense expatriado, simpatiquísimo, que le compraba helados y le recitaba adivinanzas. ¿Su nombre? Ezra Pound. Y los deberes, sobre todo los de piano, los hacía en la terraza de una vecina muy excéntrica, que subía el instrumento hasta allí para que tocara con vistas a la Salute. Era el Palazzo Nonfinito y la vecina, Peggy Guggenheim.

Su primer éxito llega en 1966, con Ragazzo triste, versión italiana de But You’re Mine de Sonny Bono; luego vendría Se perdo te y, en 1968, La bambola… Después se marcharía a Estados Unidos (Los Ángeles, San Francisco, Nueva York…), regresaría a Europa, a Londres, volvería a triunfar con Pazza idea en 1973 y, por fin, Pensiero stupendo… el tema que la convierte en símbolo de transgresión y en icono de moda. Rara, original, incómoda, irresistible, nueva… conquistaba por su extravagancia a Fellini y a Léo Ferré, fascinaba a The Beatles o a Paolo Conte por su modernidad, y a Jacques Brel por su carisma. Patty fue más salvaje que Mina, más ambigua que Dalida, más sexual que Kate Bush y, sobre todo, más vanguardista que la propia Madonna. Que antes de Madame X, Patty ya se había puesto el parche. ¿O es que has sido capaz de dejar de ver sus actuaciones en TV sin despegar los ojos de la pantalla?

Sigue, sigue. No te sientas culpable. Todo en ella es superlativo y, a la vez, escurridizo y sutil: “Las historias que he tenido, incluso mis maridos (cinco, por cierto), fueron una manera de perder el tiempo. La vida sólo es un buen recuerdo”. Palabra de Patty.
