La boda de Carla en Altea: un vestido con capa de encaje antiguo y un velo heredado de su bisabuela

El maquillaje corrió a cargo de Raquel Castillo, una profesional que ya había estado presente en otro momento clave: la pedida. Carla quería verse muy natural, sin artificios, y Raquel supo captar su esencia. “Me sentí comodísima todo el día”, asegura.

Su historia de amor

La relación de Carla y Tote tiene algo de destino y de tradición familiar, como si estuviera escrito. Se conocieron hace unos doce años en Segovia, gracias a la prima pequeña de ella, Caye. Al principio, todo fue una amistad larga y sólida, construida sin expectativas. Años más tarde, otra prima, Candela, los volvió a reunir en Jávea y, entonces sí, comenzó la historia de amor.

“Desde que empezamos a salir supimos que queríamos compartir la vida juntos”, recuerda Carla. Tote no tardó en dar el paso: le pidió matrimonio esquiando en Baqueira, los dos solos. El año y medio que pasó entre la pedida y la boda coincidió con la preparación del MIR de Carla, algo que, lejos de agobiarla, le dio impulso. “Me dio fuerzas para seguir estudiando”, confiesa. Tanto, que consiguió su plaza de cirugía general en Madrid justo un mes antes de casarse.

Una boda celebrada en Altea

El lugar no podía ser casual. Altea siempre había sido especial para ambos: de pequeños veraneaban allí con sus familias, de modo que casarse en ese mismo escenario fue “como cerrar un círculo”.

La preboda se celebró en el Chiringuito Mascarat, a pie de playa, con música en directo y un ambiente relajado y divertido que les permitió compartir tiempo con sus invitados.

El 28 de junio les pareció la fecha perfecta: el verano acababa de empezar, el mar estaba impresionante y acababan de celebrar su aniversario. El lugar elegido para la ceremonia fue la iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, que lució aún más espectacular gracias al trabajo de Mamen Blasco, que convirtió el interior en un auténtico jardín botánico, tal y como deseaban los novios.

Aunque es una de las iglesias más emblemáticas de la zona, la novia vivió un pequeño contratiempo que hoy recuerda con humor: ni ella, ni su padre, ni su padrino sabían llegar. “Mi padre tuvo que bajarse del coche, ramo en mano, a preguntarle a tres chicos dónde estaba la iglesia… ¡y la teníamos delante!”, cuenta. Ese momento inesperado rompió la tensión y les regaló unas risas justo antes de la entrada al altar.

El gran día continuó en la Finca Marqués de Montemolar, un enclave con mucho encanto donde celebraron hasta la madrugada.

Una decoración cuidada al detalle

La organización fue impecable gracias a Lucía y su equipo de Bodas con Lucía, que les dieron la tranquilidad necesaria para disfrutar sin preocupaciones. El catering lo puso El Poblet, con Adolfo al frente: “Todo estaba espectacular y el servicio fue impecable”, recuerda Carla.

En la finca, la magia volvió a correr a cargo de El Jardín del Cabo, con una puesta en escena espectacular. “Claudia hace magia con la decoración de las mesas, tuve un flechazo cuando la vi decorar y en nuestra boda no fue para menos. Todo estaba cuidado al detalle”.

Lo más especial, sin embargo, fue algo mucho más profundo: “Casarme con el amor de mi vida, rodeados de las personas que más queremos y con mi abuela presente”.