Les demostraría a él y a su querida mamita que no podían tirarla de su vida como a un trasto viejo. Lucharía. Por ella. Y por esa pequeña vida que dormía sobre sus rodillas.
Cuando fuera, tras la ventana, asomó un amanecer gris e inseguro, Marina ya estaba lista. Se lavó la cara con agua fría, se arregló lo mejor que pudo y salió en silencio de la enfermería. Anna Vasilievna dormitaba en un sillón junto al puesto de enfermería. Marina dejó una nota sobre la mesa: «Gracias por todo. Nos ha salvado». Y, tratando de no hacer ruido, salió a la calle.
La ciudad se despertaba. Los barrenderos madrugadores barrían las aceras, los primeros trolebuses salían del depósito. El aire estaba frío y limpio. Marina lo respiró a pleno pulmón. Era el aire de una vida nueva. Difícil, aterradora, pero su propia vida. Apretó con fuerza a Ksyusha contra sí y, con paso seguro y firme, se dirigió hacia el centro. Al banco. A su primera batalla.
Aprobado. Aquí está la cuarta parte de la historia.
Parte 4: El precio de la libertad
El banco la recibió con un lujo frío y silencioso. Los techos abovedados se perdían en lo alto, el suelo de mármol reflejaba las caras severas de los empleados, y el aire parecía impregnado del olor del dinero y de los secretos ajenos. Marina entró sintiéndose fuera de lugar en aquel templo de la prosperidad financiera. Llevaba el mismo abrigo sencillo, debajo aún la bata de hospital que no había tenido tiempo de cambiar, y en brazos a Ksyusha, dormida, su única pero mayor riqueza.
El guardia de la entrada la miró con recelo, pero no dijo nada. Ella se acercó al mostrador donde una joven con manicura perfecta y expresión aburrida revisaba unos papeles.
— Buenos días, quisiera acceder a mi caja de seguridad, — la voz de Marina sonó sorprendentemente firme, sin el menor temblor de la noche anterior. La noche pasada, vivida al borde de la desesperación, la había templado, convirtiendo la cera blanda en acero.
La empleada alzó la vista y en sus ojos brilló durante una fracción de segundo un destello de desdén.
— Pasaporte y contrato de alquiler, — dijo escuetamente.
Marina sacó en silencio el pasaporte y el contrato doblado en cuatro. Por suerte, todos los documentos estaban con ella: ese bolso preparado para la maternidad resultó ser su único “maletín de emergencia”. La chica tomó los papeles de mala gana, comprobó los datos en el ordenador. Sus cejas se arquearon ligeramente.
— Acompáñeme, — su tono se volvió un poco más respetuoso.
Pasaron varios tornos, bajaron al semisótano. El aire allí era aún más frío, olía a metal y a ozono. La masiva puerta redonda de la cámara acorazada, parecida a la entrada de un búnker de película de ciencia ficción, se abrió lentamente con un leve silbido, dejando a la vista el sanctasanctórum.
El empleado del depósito, un hombre mayor con traje impecable, revisó sus documentos de nuevo y luego abrió con su llave la primera cerradura de la caja número 77.
— Ahora la suya, — asintió, retrocediendo un paso.
Marina sacó su llave — la misma que guardaba en un bolsillo secreto del monedero. El corazón se le aceleró. La introdujo en la ranura, giró, y la pesada puertecita metálica cedió. Dentro había un pequeño contenedor forrado de terciopelo.
La llevaron a una sala pequeña, insonorizada, destinada a trabajar con los objetos de valor. Ya sola, Marina colocó con cuidado el contenedor sobre la mesa. Inspiró hondo y levantó la tapa.
Encima había una hoja de papel doblada en dos. Con su propia letra, escrita un año atrás, se leía: «Si estás leyendo esto, significa que ha pasado algo muy malo. No te rindas. Recuerda de quién eres nieta. Eres más fuerte de lo que crees».
Las lágrimas volvieron a subirle a los ojos, pero ya no eran lágrimas de desesperación. Eran lágrimas de gratitud: hacia su yo del pasado, hacia su intuición, hacia su abuela, que la había enseñado a ser fuerte. Dobló cuidadosamente la nota y la metió en el bolsillo.
Debajo de la nota, en el hueco de terciopelo, estaban ellas. Los pendientes de zafiros grandes, del color del cielo nocturno, rodeados de una lluvia de pequeños diamantes. La pesada pulsera de oro de labor trenzada que su abuela se ponía solo en días muy señalados. Varios anillos, uno de ellos con un gran rubí rojo sangre. No era simplemente un montón de joyas. Era la memoria. La memoria de una infancia feliz, del olor de los pasteles de la abuela, de sus manos cálidas y arrugadas.
Marina las contempló, y el corazón se le encogió de dolor. Deshacerse de ellas significaba cortar el último lazo con su pasado tranquilo y seguro. Pero no tenía otra salida. Ese era el precio de su libertad. El precio del futuro de su hija.
Cerró la caja con decisión. Ahora había que convertir ese recuerdo en un recurso. ¿Pero cómo? ¿Ir al primer compro-oro que encontrara? La engañarían, aprovecharían su desesperación. Necesitaba a alguien en quien poder confiar.
