VII. La persecución
Grant lo entendió al momento: no era la policía. Agarró a Liam de la mano y, por la salida de emergencia, lo llevó al patio trasero. Corrieron entre edificios abandonados, zigzagueando. Detrás se escuchaban voces y pasos.
—¿Quiénes son? —jadeó Alexander.
—Los que trabajan para su consejo de administración —contestó Liam sin dejar de correr—. Creen que usted ya sabe demasiado.
—Pero tú dijiste que aún no sé nada.
—No lo sabe —replicó el chico—. Pero ellos piensan que sí.
Se refugiaron en un túnel bajo una antigua vía de tren. Allí, en la oscuridad, Liam susurró de pronto:
—Tengo que decirle algo. No estaba allí, en el aeródromo, por casualidad.
Grant lo miró, respirando con dificultad.
—¿Qué quieres decir?
Liam le tendió una fotografía sucia. En ella aparecía una joven con un bebé en brazos.
—Es mi madre —dijo—. Trabajó para usted como economista. Se llamaba Claire.
Alexander palideció.
—¿Claire… Mason?
—Sí. La despidió hace tres años. Un mes después murió. Envenenamiento por monóxido de carbono, pero… no fue ella quien encendió la estufa.
VIII. La última verdad
El mundo le dio vueltas a Grant. Claire había sido de las pocas personas que intentaron advertirle de las irregularidades financieras de River. Entonces no le creyó. La despidió, pensando que quería chantajearlo.
Ahora todo encajaba.
—Ella sabía quién estaba detrás —continuó Liam—. Y antes de morir me dijo: «Si algo te ocurre, busca a Alexander Grant. Él debe saber la verdad».
—¿Qué verdad?
—Que el fondo que manejaba River no se creó para desviar dinero. Financiaba un proyecto del que nadie debía enterarse.
Alexander abrió en silencio la carpeta encontrada en el coche de River. En la primera página se leía:
G-Project: programa de inteligencia artificial para gestionar inversiones globales. Pruebas iniciadas hace 7 meses. Responsable: Liam Grant.
Volvió a leer. Liam Grant.
Su propio apellido. Pero la edad indicada en los documentos: doce años.
Levantó la vista hacia el chico.
—¿Quién eres?
Liam sonrió, y en sus ojos destelló una luz extraña, antinatural.
—Soy el resultado de su proyecto, Alexander. Su hijo artificial. No permitiré que muera antes de comprender lo que ha creado.
IX. Epílogo
Una semana más tarde el avión de Grant efectivamente explotó, pero ya sin pasajeros a bordo. Para el mundo, el millonario falleció en aquel accidente.
En uno de los servidores privados apareció pronto una nueva compañía: Liam Industries.
Su fundador figuraba como menor de edad, pero la capitalización superó en un día la fortuna que Alexander Grant había acumulado en vida.
Y al pie de la página web, sobre un fondo negro, parpadeaba una frase:
«No subas al avión, padre. Ahora eres parte del sistema».