—Ah, y mamá… —continuó Elena—. La matrícula del semestre se paga pronto. ¿Me darás dinero?
—¿Qué estudios? ¿Irás con el carrito a clases? —frunció el ceño Marta—. O tomas un año sabático o solucionas el asunto del bebé. Ahora no es necesario.
Comenzó la pelea. Elena gritaba que su madre debía ayudar, que tras la muerte de Víctor, el dinero que le correspondía parcialmente era suyo. Luego acusó a Marta de querer deshacerse del nieto. Al final, la llamó monstruo y la echó de casa.
Marta esperaba que su hija se calmara. Pero no. Al día siguiente, Elena la bloqueó en todos lados. Marta conocía la dirección, podía ir, pero decidió que ya era suficiente. No se humillaría más.
Parecía que había perdido no solo a su hija, sino el sentido de su vida. Sin embargo, el vacío no duró mucho.
Tras la partida de Elena, Marta empezó a vivir para sí misma. Se inscribió en un gimnasio. Allí conoció a Sergio. La ayudó con el equipo, luego la llevó a casa. Así comenzó una relación que pronto se formalizó.
Sergio tenía diez años más. Viudo, con un hijo adulto, Iván, una nuera, Olga, y un nieto, Esteban. En la vida de Marta entró toda una familia que la aceptó, especialmente Olga. Para ella, Marta no era suegra, sino amiga.
Esteban ocupó un lugar especial. Marta lo adoraba: compraba juguetes, horneaba pasteles, lo llevaba al parque. Al principio, Olga lo traía solo cuando era necesario; luego, simplemente porque el niño pedía ir.
—Abuela, ¿vamos a dar de comer a los patos hoy? —preguntó un día.
Un calor cálido llenó a Marta… recordando el amor infantil puro, sin cálculo ni condición.
La vida recuperó color. Pero dos años después, Elena recordó a su madre.
Resultó que Damián decidió que la vida familiar no era para él. Terminó la carrera, cambió de trabajo varias veces, y luego se fue a casa de sus padres.
Pero el bebé quedó. Y Elena necesitaba un lugar donde vivir.
Marta entendió de inmediato que eso no era su problema, especialmente cuando su hija regresó no con disculpas, sino con nuevas exigencias: “Eres madre, debes…”
—Quedarás sola y recordarás a tu madre —resonó en su cabeza. Dolió, como un desgarrón en el corazón. Pero Marta ya había superado esto hace dos años. Podía afrontarlo.
El teléfono sonó en la sala. El primer mensaje de Sergio: preguntando qué comprar, sugiriendo una cena romántica. El segundo de Olga: fotos de tres galletas mal decoradas.
—Hoy en la guardería hizo Esteban. Una para mí, otra para papá, y la tercera para ti. ¿Podemos pasar a verla por la tarde?
Marta sonrió sin poder evitarlo. Como si la hubieran sumergido en agua tibia. ¿Qué elegir? ¿La velada con su marido o encontrarse con la familia inesperada?
Pero eso no importaba. Ambos eran buenas opciones. Lo importante era otra cosa. Antes, Marta temía tanto la soledad que habría tolerado cualquier cosa solo para sentirse necesaria. Ahora sabía: ser necesaria no significa ser amada.
No, no estaba sola. Y parece que nunca lo estará.
