—Nunca me dijo las palabras exactas —respondió—. Solo que tú señalabas el cielo y le decías que, por muy oscuro que se pusiera todo, siempre habría algo allí arriba que merecía la pena intentar encontrar.
Oso se quedó inmóvil.
Lo recordaba.
Había sido en otra vida. Una niña de cuatro años dormida contra su hombro durante viajes nocturnos, mientras el mundo al otro lado del parabrisas parecía demasiado grande y demasiado incierto.
No había sabido que ella hubiera llevado aquellas palabras tan lejos.
—Yo decía eso —murmuró.
—Lo sé —respondió Lucía—. Por eso eligió la manta.
Aquella noche, después de que Lucía se quedara dormida, Oso se sentó solo en el porche con la fotografía del bar apoyada contra su taza de café.
Ahí estaba él, veintiséis años más joven.
Un bebé envuelto en estrellas.
Levantó los ojos hacia el cielo verdadero sobre su cabeza, ese que existía más allá del techo pintado, brillante con las mismas estrellas que un día le había señalado a una hija a la que le falló, y ahora a una nieta que le había entregado una segunda oportunidad que él sabía que no se había ganado.
—Siguen ahí —dijo en voz baja.
No sabía bien si hablaba de las estrellas, de Carmen o de alguna parte de sí mismo que había creído perdida para siempre.
No importaba.
La respuesta era la misma, fuese lo que fuese lo que quisiera decir.
Pilar iba todos los domingos, tal como habían prometido.
Las ruedas de la silla de Lucía seguían llevando estrellas y lunas.
Más adelante, cuando se gastaron de tanto uso, hubo que cambiarlas.
Oso eligió las nuevas él mismo.
El mismo dibujo.
Hay cosas que, cuando uno logra encontrar el camino de regreso hasta ellas, ya no están hechas para cambiarse.
