Lucía consiguió dormir a Mateo casi a las dos y media de la madrugada. El pequeño le apretaba el dedo con la manita caliente y, cada vez que ella intentaba incorporarse con cuidado, empezaba a quejarse con un gemido débil y triste. La zona lumbar le dolía como si alguien le hubiera sacado la columna, la hubiera retorcido y la hubiera vuelto a colocar mal. Había pasado un año desde aquel parto difícil, y solo hacía poco había empezado a dormir por las noches al menos cuatro horas seguidas.
Salió del cuarto del niño sin hacer ruido y se apoyó un instante contra la pared del pasillo. El silencio del piso parecía tan fino, tan frágil, que cualquier movimiento torpe podía romperlo en pedazos. Lucía fue a la cocina y puso agua a calentar. Aquella media hora era el único momento del día en que podía respirar sin estar pendiente de nada más.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Sergio estaba sentado en el comedor de la empresa durante la pausa del almuerzo, frente a Andrés. Alrededor zumbaban voces, olía a comida recalentada, a albóndigas de menú barato y a pan demasiado tostado.
—¿Te he contado que Laura ganó el mes pasado más que yo? —Andrés abrió su bocadillo y se recostó en la silla con una sonrisa satisfecha—. Hace uñas en casa, tiene agenda completa para tres semanas. Y eso con una criatura en brazos.
—¿En serio? —Sergio levantó las cejas, sorprendido.
—Lo he visto —asintió Andrés, clavando la vista en su plato.
—¿Y tu Lucía qué? —preguntó Andrés, como quien comenta cualquier cosa sin importancia.
—¿Mi Lucía? —Sergio apartó la comida—. En casa. El niño duerme, ella duerme. El niño come, ella come. Y así todo el día.
—Pues díselo claro. Como un hombre —Andrés se encogió de hombros—. Laura también se quejaba al principio: que estaba cansada, que la niña, que le dolía la espalda. Hasta que le expliqué una cosa: si quieres que te respeten, gana dinero. Y funcionó.
Sergio no contestó, pero aquellas palabras se le quedaron clavadas en la cabeza como una astilla. Las estuvo dando vueltas durante el resto de la jornada y luego durante todo el trayecto en metro. Para cuando giró la llave en la cerradura, ya llevaba la rabia hirviéndole por dentro.
Lucía lo recibió en la cocina. Mateo gateaba sobre la alfombra del salón, agarrándose a la pata del sofá. Ella cortaba verduras para un guiso, moviéndose con esa rapidez automática de quien tiene un ojo en la cazuela y el otro en la puerta, por donde aparecía de vez en cuando la cabecita de su hijo.
—Hola —dijo ella, volviéndose con una sonrisa cansada—. La cena estará en unos veinte minutos.
—Siéntate —Sergio ni siquiera sonrió. Estaba en el marco de la puerta con la expresión de alguien que ya había ensayado aquella conversación.
—¿Qué pasa? —Lucía dejó el cuchillo y se secó las manos con un paño.
—Pasa que yo soy el único que tira de esta familia. Me levanto a las seis, vuelvo casi a las siete de la tarde. Yo traigo dinero. ¿Y tú qué haces?
—Sergio, cuido de nuestro hijo. Tiene un año. Ni siquiera camina bien todavía.
—¿Y eso qué? ¿Es una excusa para no hacer nada en todo el día? La mujer de Andrés, con una niña igual de pequeña, gana más que él. La mujer de Diego hace tartas por encargo. ¿Y tú? ¿Qué haces tú?
Lucía se sentó despacio en una silla. Ya había oído conversaciones parecidas otras veces. Normalmente terminaban con él refunfuñando y ella callándose para no empeorar las cosas. Pero esa tarde había algo distinto en su tono.
—Sergio, con tu sueldo llegamos. No pasamos hambre, no estamos en la ruina. Volveré a trabajar cuando Mateo sea un poco más grande.
—¿Un poco más grande cuándo? ¿Dentro de cinco años? ¿Dentro de diez? ¿Cuando ya te hayas pegado definitivamente al sofá?
—Tengo treinta y un años —la voz de Lucía tembló, pero logró contenerse—. Di a luz hace un año. Tuve complicaciones serias. Apenas estoy empezando a recuperarme.
—Todas paren —soltó Sergio, duro como una piedra—. Y todas se recuperan después. Solo que no todas se esconden detrás de eso durante años.
—¿Acabas de llamar a nuestro hijo una excusa?
—Estoy llamando a las cosas por su nombre. Te has acomodado, Lucía. Te viene muy bien vivir a mi costa y hacer como si fueras una heroína porque cuidas al niño.
Lucía lo miró sin moverse. Sin lágrimas. Sin gritos. Solo estaba cansada de explicar. Cansada de demostrar que un día entero con un bebé de un año no era descanso. Que lavar ropa, cocinar, dar comidas, bañar, pasar noches sin dormir y vivir con dolor en el cuerpo también era trabajo. Trabajo de verdad. Sin fines de semana, sin vacaciones y sin agradecimientos.
—Está bien —dijo en voz baja.
—¿Qué significa “está bien”? —Sergio frunció el ceño.
—Está bien. Volveré a trabajar. Mañana empezaré a buscar.
Sergio esperaba una discusión. Esperaba llanto, excusas, reproches. Pero solo escuchó una frase serena. Y, por alguna razón, aquello no lo alegró. Lo inquietó.
—Perfecto —masculló—. Ya era hora.
