Carmen quedó inmóvil junto a la mesa de la cocina, incapaz de apartar los ojos de la diminuta pulsera de plástico que rodeaba la muñeca del bebé. La bombilla del techo se balanceaba apenas por la corriente que entraba por alguna rendija, y dentro de la casa reinaba un silencio tan afilado que hasta la respiración pesada de Álvaro parecía golpear las paredes.
La mujer volvió a leer la inscripción, y sintió que algo helado se le cerraba dentro del pecho.
—No… no puede ser verdad… —susurró, casi sin voz.
Álvaro frunció el ceño.
—¿Qué pone ahí?
Carmen levantó despacio la mirada hacia su marido. Tenía los ojos llenos de miedo.
—El nombre de la madre… aquí aparece el nombre de mi hermana.
Él se quedó rígido.
—¿De qué hermana?
—De Lucía…
De pronto, la cocina pareció demasiado pequeña, demasiado cargada de aire. Álvaro recordaba perfectamente ese nombre. Lucía era la hermana menor de Carmen. Tres años antes había desaparecido sin dejar rastro, en circunstancias que nadie logró explicar. La buscó todo el pueblo: llegó la Guardia Civil, interrogaron a los vecinos, peinaron el pinar y las orillas del río. Pero la muchacha se había esfumado como si la tierra se la hubiera tragado.
Un mes después, cerca del agua, encontraron su chaqueta.
Desde entonces todos dieron por hecho que Lucía se había ahogado.
Carmen se dejó caer pesadamente en una silla.
—Aquí está la fecha de nacimiento… es de hoy… —dijo con la voz rota—. Pero eso no tiene sentido. Lucía desapareció hace tres años…
El bebé empezó a llorar bajito. Álvaro lo tomó con cuidado entre los brazos y comenzó a mecerlo.
—Tal vez sea una coincidencia.
Carmen negó con brusquedad.
—No. Está escrito completo: «Lucía Romero Ortega». Es ella.
En ese instante, la cancela del patio golpeó con fuerza al otro lado de la ventana. Los dos se sobresaltaron.
Álvaro fue rápido hasta el cristal y miró hacia fuera.
No había nadie.
Solo el viento sacudía el viejo manzano.
—Esto no me gusta nada —murmuró él en voz baja—. Nadie deja a un niño en un cementerio por casualidad.
Carmen no contestó. En su memoria empezaron a levantarse, una tras otra, las imágenes de tres años atrás. Lucía era entonces otra persona: alegre, luminosa, ruidosa. Los hombres del pueblo perdían la cabeza por ella. Pero una noche, muy tarde, apareció en casa de su hermana bañada en lágrimas y soltó una frase extraña:
«Si me pasa algo, no confíes en nadie».
Carmen creyó entonces que Lucía se había peleado con alguno de sus pretendientes.
Una semana después, Lucía desapareció.
El pequeño volvió a quejarse suavemente. Carmen lo recibió en sus brazos con una delicadeza temblorosa. El corazón le dolió como si alguien se lo apretara con la mano. El niño la miraba fijamente, serio, atento, como si entendiera todo lo que estaba ocurriendo.
—Se parece tanto a ella… —susurró la mujer.
Álvaro soltó el aire con cansancio.
—Tenemos que llamar a la Guardia Civil.
Pero Carmen respondió de pronto, seca y casi desesperada:
—¡No!
Él la miró sorprendido.
—¿Por qué?
Ella titubeó.
—Porque… si Lucía está viva… puede que la estén buscando precisamente las personas a las que ella temía.
Entonces llamaron a la puerta con violencia.
Tres golpes hondos.
Carmen lanzó un grito ahogado.
Álvaro avanzó lentamente hacia la entrada.
Los golpes se repitieron.
Y al otro lado de la puerta sonó una voz masculina, ronca y áspera:
—Abran. Venimos por el niño…
Capítulo 2. Los que llegaron en la noche
Sobre la casa cayó un silencio pesado, de esos que parecen aplastar el pecho.
Álvaro permanecía junto a la puerta, sin atreverse siquiera a rozar el picaporte. Carmen apretó al bebé contra su cuerpo con más fuerza, como si presintiera que, si lo entregaba, algo terrible quedaría consumado para siempre.
Volvieron a llamar.
Esta vez más despacio.
Más fuerte.
—Abran por las buenas —dijo de nuevo aquella voz cascada—. Sabemos que el niño está ahí.
Álvaro apagó de inmediato la luz de la cocina. La casa se hundió en una penumbra densa. Solo una velita encendida junto a una imagen de la Virgen, en el rincón, temblaba con un resplandor rojizo.
—Silencio… —murmuró él.
Carmen casi dejó de respirar.
Desde fuera llegaron pasos. Alguien caminaba despacio bordeando las ventanas. Las tablas del porche crujieron. Después, una sombra se detuvo justo frente al cristal de la cocina.
Álvaro apartó con cuidado la cortina y sintió un frío recorrerle la espalda.
En el patio había dos hombres vestidos de oscuro. Uno era alto y flaco; el otro, robusto, con una gorra hundida casi hasta los ojos. La oscuridad no dejaba distinguirles bien las caras.
—¿Quiénes son?.. —preguntó Carmen apenas en un hilo de voz.
Álvaro movió la cabeza.
Pero de pronto su expresión cambió.
—Espera…
—¿Qué pasa?
—Creo que conozco a uno.
Carmen se puso pálida.
—¿A cuál?
Álvaro tragó saliva con dificultad.
—Al alto… Me parece que es Héctor.
El nombre cayó en la cocina como un golpe seco.
