Una mujer de cincuenta y cinco años acababa de traer al mundo a dos mellizos. Su yerno llegó a la maternidad con intención de felicitar a su suegra y mostrarse, al menos por fuera, como parte de aquella alegría familiar. Pero bastó con que se inclinara sobre las cunas para ver, en el cuello de uno de los recién nacidos, una mancha de nacimiento idéntica a la suya. En ese instante, durante unos segundos interminables, Javier sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
El ambiente espeso del área de maternidad, cargado de desinfectante y de esa limpieza fría que solo existe en los hospitales, le pareció a Javier casi sólido. Se quedó detenido junto a las puertas pesadas de la entrada, con una sensación absurda de estar invadiendo un lugar que no le correspondía. En las manos llevaba un enorme ramo de lirios blancos, flores demasiado solemnes, casi ceremoniales, pero precisamente esas eran las que siempre le habían gustado a su suegra, Carmen Morales. Aquel día ya había partido en dos la rutina de toda la familia: unos hablaban del nacimiento como de un milagro; otros, aunque bajaban la voz, lo consideraban una locura.
A los cincuenta y cinco años, Carmen se había atrevido a hacer algo que casi todos habrían dado por imposible. Había dado a luz a dos bebés. Un niño y una niña, «la parejita completa», bromeaban los médicos con una sonrisa discreta. Para la medicina era un caso poco frecuente, una muestra de hasta dónde podían llegar los tratamientos modernos y la resistencia del cuerpo humano. Para los vecinos de la urbanización de chalés, en cambio, era el tema perfecto para cuchichear. «A esa edad y otra vez con pañales… hay que estar mal de la cabeza», murmuraban a sus espaldas. Javier prefería no opinar. Veía la felicidad de su esposa, Laura, y eso lo obligaba a callar. Ella había crecido como hija única y siempre había deseado tener un hermano o una hermana. Ahora, pasados ya los treinta, aquel viejo sueño se cumplía de una manera extraña, casi torcida, a través de su propia madre.
—Señor, ¿se va a quedar ahí plantado? Entre, pero solo un momento —la voz seca de la enfermera de guardia lo devolvió a la realidad—. La madre está agotada. La visita no puede durar más de diez minutos. Y póngase la bata, que esto no es un taller.
Javier se colocó en silencio la bata fina de plástico, que crujía de forma desagradable con cada movimiento, y entró en la habitación. Carmen estaba tendida en una cama alta, con el cuerpo hundido entre sábanas blancas. Tenía un aspecto devastado: la piel reseca y grisácea, como papel antiguo, y unas ojeras profundas que le endurecían el rostro. Pero sus ojos, fijos en las dos cunas transparentes junto a la ventana, brillaban con una expresión que Javier nunca le había visto: una especie de triunfo maternal, orgulloso, casi desafiante.
—Pasa, Javi —dijo ella en voz baja, apenas moviendo la cabeza—. Míralos. Solo míralos… dime si no es una bendición.
Javier avanzó unos pasos, dejó el ramo sobre la mesilla y notó que Carmen ni siquiera reparaba en las flores. Se asomó primero a una de las cunas. Dentro descansaba un pequeño bulto rosado del que sobresalía la carita arrugada de una niña. Dormía profundamente, con los puños diminutos apretados, como si ya estuviera dispuesta a pelear por su sitio en el mundo. «La fuerza de una madre puede dar miedo», pensó sin saber por qué. Luego miró la segunda cuna. Allí dormía el niño. Era apenas más grande que su hermana y movía los labios con inquietud, atrapado en algún sueño de recién nacido.
Javier se inclinó un poco más para distinguir mejor las facciones de aquel nuevo miembro de la familia, y entonces sintió que algo se le rompía por dentro. En el cuello del bebé, un poco por debajo de la oreja izquierda, se marcaba con claridad una mancha de nacimiento. Irregular, de forma rara, del tamaño aproximado de una moneda pequeña. Dentro de su cabeza estalló un ruido sordo. La misma mancha. Exactamente la misma. En el mismo lugar donde él la tenía desde que nació. Sin pensarlo, llevó la mano a su propio cuello y notó bajo los dedos el latido desbocado de una vena.
La habitación empezó a deformarse ante sus ojos. Las paredes giraron despacio, el aire se volvió caliente y pesado, como si alguien hubiera llenado el cuarto de una niebla densa. No podía respirar. Aferró el respaldo de una silla para no caer al suelo y apretó con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron blancos.
—¿Javi? ¿Qué te pasa? Estás blanco como la pared —la voz de Carmen le llegó apagada, como desde el fondo de un pasillo.
—Nada… es que… aquí hace mucho calor —logró decir, retrocediendo hacia la puerta.
Salió casi corriendo al pasillo, sin prestar atención a las llamadas alarmadas que quedaban detrás de él. Apoyó la espalda contra la pared de azulejos fríos y tragó aire a bocanadas, con la boca abierta. Ante sus ojos empezaron a desfilar, como escenas de una película vieja, los recuerdos de aquella noche que durante nueve meses había intentado borrar con una desesperación muda.
