Isabel permaneció un rato más sentada al volante, con las manos aferradas con tanta fuerza que los nudillos se le habían quedado blancos. El corazón le golpeaba el pecho de forma desigual, no por miedo, sino por esa sensación pesada y turbia de desgracia que a veces llega antes que las palabras. El coche de Javier estaba aparcado junto al portón. Cubierto de barro, como si no hubiera llegado esa mañana, sino desde el día anterior. Sobre el capó brillaban diminutas gotas de la lluvia reciente.
—Qué raro… —murmuró apenas.
Su marido le había repetido que en el trabajo estaban hasta el cuello. Informes urgentes, reuniones importantes, retrasos que lo tendrían en la oficina casi hasta la noche. Incluso aquella misma mañana, cuando Isabel ya se preparaba para salir, él la llamó con voz cansada y le dijo:
—Tú descansa por los dos, afortunada. A mí me toca quedarme en el despacho hasta bien entrada la noche.
Y ahora su coche descansaba tranquilamente junto a la valla de la casa de campo.
Isabel bajó despacio del automóvil. El aire olía a tierra mojada y a hierba joven de primavera. En algún lugar cercano, un pájaro lanzó un grito inquieto. Todo alrededor parecía tan sereno que lo que estaba ocurriendo se volvía todavía más absurdo, más fuera de lugar.
La cancela estaba abierta.
—¿Javier? —llamó ella al entrar en el patio.
Nadie respondió.
En el porche había un bolso de mujer que no era suyo. Pequeño, claro, evidentemente caro. Isabel se detuvo de golpe, como si una pared invisible acabara de levantarse frente a ella.
Jamás había visto aquel objeto.
Un frío helado empezó a extenderse por su pecho.
Entonces, desde dentro de la casa, llegó una risa. De mujer.
Isabel sintió que algo dentro de ella se desplomaba hacia un fondo oscuro.
Retrocedió un paso sin querer, pero al instante enderezó la espalda con obstinación y subió al porche. Le temblaban tanto los dedos que las llaves se le escaparon de la mano y tintinearon contra el suelo de madera.
La risa se apagó de inmediato.
La puerta se abrió casi al instante.
En el umbral estaba Javier.
Se puso tan pálido de pronto que Isabel lo comprendió todo antes incluso de ver a la mujer que aparecía detrás de su hombro.
Joven.
De unos treinta años.
Con una larga melena oscura y vestida con su bata de casa, la bata de Isabel.
Durante varios segundos nadie dijo nada.
Solo el viento movía suavemente la cortina vieja junto a la ventana.
—Isa… ¿Tú por qué has venido? —consiguió decir Javier al fin.
Aquella pregunta dolió más que una bofetada.
—¿Ahora tengo que pedir permiso para entrar en mi propia casa de campo? —contestó ella en voz baja.
La mujer que estaba detrás de Javier se cerró la bata con nerviosismo.
—Javier, quizá sea mejor que me vaya… —balbuceó.
—¡Quédate! —soltó él con brusquedad, aunque enseguida se calló, como si se hubiera asustado de su propio tono.
Isabel miraba a su marido como si lo tuviera delante por primera vez.
Veinte años.
Veinte años de matrimonio se estaban deshaciendo allí mismo, ante sus ojos.
En su memoria comenzaron a aparecer, una tras otra, cosas a las que antes no había querido dar importancia: las llegadas tarde, los viajes de trabajo inesperados, su mal humor cada vez que ella proponía ir juntos a la casa. Incluso aquellas insistentes conversaciones sobre vender la finca cobraban ahora un sentido completamente distinto.
Él no odiaba aquella casa.
Solo estaba despejando allí un sitio para otra vida.
—¿Quién es? —preguntó Isabel con una calma que ni ella misma reconoció.
Javier se pasó una mano por la cara.
—Es… Laura.
—¿Desde cuándo?
Él no respondió.
Y su silencio sonó mucho más terrible que cualquier confesión.
Isabel entró lentamente en la casa. Sobre la mesa había dos tazas, una botella de vino y queso curado cortado en lonchas. En el respaldo de una silla colgaba un jersey de mujer.
Una vida ajena.
En su casa de campo.
En su cocina.
En su silencio.
De pronto recordó cómo había elegido ella misma aquellas cortinas. Cómo había plantado peonías bajo las ventanas. Cómo había imaginado que precisamente allí, junto a Javier, recibiría la vejez.
Qué ingenua.
—Y pensar que yo te quería, Javi —dijo Isabel en voz baja, sin volverse.
A sus espaldas cayó un silencio espeso.
Luego Javier pronunció las palabras que ella jamás podría olvidar:
—Isa… Hace tiempo que quería decírtelo. Me voy.
Isabel no lloró.
Ni en ese instante, ni un minuto después, ni siquiera cuando Javier bajó los ojos como si por fin le diera vergüenza su propia confesión. Dentro de ella algo parecía haberse convertido en piedra. Era una sensación extraña: cuando el dolor es tan grande que el cuerpo simplemente se niega a sentirlo.
Laura fue la primera en romper la quietud.
—No sabía que usted iba a venir… —dijo en voz baja, sin atreverse a mirar a Isabel a los ojos.
Isabel se volvió despacio hacia ella. La mujer joven parecía confundida, pero no culpable. Y eso fue precisamente lo que más quemó.
Así que ya se sentía dueña de aquel lugar.
—¿Te dijo él que esta casa pertenece a su esposa? —preguntó Isabel con serenidad.
Laura palideció y miró a Javier.
Él soltó un suspiro irritado.
—Ya basta, Isa. No montes una escena ahora.
—¿Una escena? —por primera vez, en la voz de ella sonó acero—. Has traído a tu amante a mi casa y encima me hablas de escenas.
Javier movió el hombro con un gesto nervioso.
—Estoy cansado de esta doble vida. Todo venía hacia aquí desde hace mucho.
—¿Desde hace mucho? —Isabel esbozó una sonrisa torcida—. Y yo, fíjate, sin ver nada. Veinte años viviendo al lado de una persona y no me di cuenta del momento en que se volvió un extraño.
Se acercó a la ventana. Al otro lado del cristal se oscurecía el jardín que ella había cuidado durante tantos años con sus propias manos. Los manzanos estaban a punto de florecer. El viento de la tarde movía despacio las ramas de las lilas.
Hubo un tiempo en que Javier también la ayudaba allí. Durante los primeros años pintaban juntos la valla, preparaban carne en la parrilla y se reían hasta entrada la noche. Isabel recordó de repente, con una nitidez dolorosa, aquella vez en que se sentaron sobre la hierba mojada, bajo la lluvia, y comieron fresas directamente del huerto.
¿También aquello había sido mentira?
—No quería hacerte daño —dijo Javier en voz baja.
Isabel se giró con brusquedad.
—Entonces, ¿por qué me lo hiciste?
Él guardó silencio unos segundos, luego se dejó caer en una silla y dijo con voz apagada:
—Porque con ella vuelvo a sentirme vivo.
Esas palabras hirieron más que la infidelidad misma.
Isabel notó que algo pesado y ardiente le subía por el pecho. No eran lágrimas. Era humillación.
—Entonces, ¿a mi lado estabas muerto?
—Tú vivías siempre pendiente de esta casa, del trabajo, de tus informes… Hace mucho que somos solo dos vecinos.
—¡No te atrevas a cargarme esto a mí! —gritó ella por primera vez—. ¡Yo estuve a tu lado toda la vida! Cuando perdiste el empleo, ¿quién nos sostuvo? Cuando llegaron las deudas, ¿quién pidió los créditos? ¿Quién?
Laura salió en silencio al porche, dejándolos solos.
Javier se frotó la frente con las dos manos, agotado.
—No quiero pelear.
—Claro. Porque ya decidiste por los dos.
Isabel sintió de pronto un cansancio terrible, como si en una sola tarde hubiera envejecido diez años.
Se quitó despacio la chaqueta, dejó las llaves sobre la mesa y dijo con calma:
—Está bien. Entonces se van ustedes.
Javier levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Esta casa es mía. Mía. No voy a venderla. Y tampoco van a construir aquí su nueva vida feliz.
Él se puso de pie.
—Isabel, no empieces con histerias.
—Histeria sería que ahora mismo te rompiera esta vasija en la cabeza —respondió ella con frialdad.
Por un segundo, Javier se asustó de verdad.
La casa volvió a quedar atrapada en un silencio pesado.
Entonces, desde fuera, se oyó el golpe seco de la cancela.
Laura había desaparecido.
Javier salió corriendo al patio.
Isabel se quedó sola.
Se sentó lentamente en una silla y solo entonces vio sobre la mesa un teléfono que no era suyo.
El teléfono de Laura.
La pantalla se iluminó de repente.
Y el mensaje que apareció allí le heló los dedos a Isabel:
«¿Todavía no le ha contado lo del niño?»
Isabel permaneció mucho rato mirando aquella pantalla encendida, incapaz siquiera de moverse. Esas palabras la atravesaron como una hoja al rojo vivo.
«¿Todavía no le ha contado lo del niño?»
En la casa reinaba un silencio tan profundo que se oía el tic tac regular del viejo reloj de pared. El mismo que Javier y ella habían encontrado diez años atrás en el rastro. Entonces él se había reído diciendo que los objetos con pasado llenaban de alma una casa.
Ahora esa casa parecía de otra persona.
Fuera se oyó cerrarse la puerta de un coche. Javier regresó solo. Al parecer Laura se había marchado, sin querer seguir siendo parte de aquella conversación.
Entró en la habitación y vio de inmediato el teléfono en las manos de su esposa.
Su rostro cambió.
—No toques las cosas de otros —dijo con dureza.
Isabel levantó los ojos hacia él lentamente.
—¿El niño?
Javier se quedó inmóvil.
Y esa respuesta fue suficiente.
Isabel sintió que dentro de ella todo terminaba de venirse abajo. No de forma ruidosa, no con gritos ni escenas, sino en silencio, con horror, sin posibilidad de vuelta atrás.
—¿Vas a tener un hijo? —preguntó casi en un susurro.
Él se sentó frente a ella, como si de pronto ya no pudiera sostenerse.
—Sí.
Una sola palabra.
Breve.
Pero esa palabra partió su vida en un antes y un después.
Isabel se echó a reír de pronto. Una risa baja, nerviosa, casi desquiciada.
—Qué ironía tan cruel… Veinte años sin poder ser padres. Yo tratándome, llorando por las noches, yendo de médico en médico… Y resulta que no era cosa del destino.
Javier apartó los ojos bruscamente.
Y en ese instante Isabel lo entendió todo.
—Espera… —se le quebró la voz—. ¿Tú lo sabías?
Silencio.
Pesado.
Devastador.
—Javier… ¿Sabías que no podías tener hijos?
Él se cubrió el rostro con las manos.
—No quería perderte.
Isabel sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho.
—Dios mío…
Ante sus ojos pasaron los años de su vida. Las esperanzas. El dolor. Las humillaciones en las consultas médicas. Los análisis interminables. Las pastillas. Las lágrimas escondidas en el baño para que su marido no las oyera.
Y él lo había sabido todo ese tiempo.
—Los médicos me lo dijeron antes de casarnos —confesó Javier en voz baja—. Pero luego tú empezaste con tratamientos, con ilusiones… No fui capaz de decirte la verdad.
—¿Y me dejaste creer durante veinte años que la defectuosa era yo?
—Te amaba.
—No —dijo Isabel con firmeza—. El amor no hace eso.
La habitación quedó otra vez en silencio.
Detrás de la ventana empezó a llover. Gotas grandes golpeaban el techo del porche, la tierra recién removida y las pequeñas plantas que Isabel había traído con tanto cuidado aquella mañana.
Parecía que desde el momento en que había salido feliz hacia la casa de campo había pasado una vida entera.
Javier se levantó.
—Recogeré mis cosas y me iré por la mañana.
Isabel no dijo nada.
Él salió despacio hacia la habitación contigua.
Ella permaneció sentada sola.
Pero, de manera extraña, el dolor ya no estaba.
Solo quedaba vacío.
Y también… alivio.
Como si por fin hubiera terminado una obra demasiado larga en la que durante años le habían obligado a representar un papel que nunca eligió.
Isabel se acercó a la ventana. La lluvia empapaba el jardín. En algún punto de la oscuridad se mecían sus peonías, que muy pronto tendrían que abrirse.
Y entonces comprendió algo sencillo:
esa casa de campo nunca había sido una jaula para ella.
Había sido su salvación.
Por la mañana, Isabel salió al patio con una taza de té caliente entre las manos. Después de la lluvia, el aire olía a frescura y a tierra mojada. Javier ya se había ido. Su coche ya no estaba junto al portón.
Solo quedaba el silencio.
Un silencio verdadero.
Vivo.
Isabel se arrodilló despacio junto al bancal y empezó a plantar con cuidado los brotes nuevos.
Por primera vez en muchos años, no lo hacía por la familia, ni por el matrimonio, ni por nadie más.
Lo hacía por sí misma.
Y justo en ese instante se sintió libre.
Fin.
