Al vaciar el trastero, encontré una alfombra enrollada que mi exmarido había dejado tras el divorcio; cuando la desplegué, sentí que el mundo se me helaba por dentro

Clara siempre había pensado que su vida podía ponerse como ejemplo junto a la palabra «normalidad». No lo decía con sarcasmo, ni con resignación, ni con esa mueca amarga de quien intenta convencerse de algo. De verdad le gustaba aquella existencia tranquila, previsible y cálida. Sus diez años de matrimonio con Diego habían pasado como una jornada larga, serena, casi sin nubes. Se conocieron en la universidad, aunque Clara comprendió pronto que aquellas clases interminables de Economía no eran su camino, retiró sus papeles y terminó entrando en el mundo de la belleza, donde se formó como peluquera colorista. Durante los últimos años trabajaba en un salón luminoso y acogedor llamado «Azahara», a solo dos manzanas del amplio piso de tres dormitorios donde vivían, en un barrio residencial silencioso y familiar.

La rutina tenía una comodidad casi perfecta: por la mañana dejaba a la pequeña Alba, de cinco años, en la escuela infantil antes de ir al trabajo; durante el día respiraba aquella mezcla conocida de tintes, champús dulces y café recién hecho mientras ayudaba a otras mujeres a sentirse más guapas; al caer la tarde recogía a su hija y regresaba a casa. Diego era jefe de área en una empresa grande de transporte y logística: sueldo estable, pocos viajes, cenas de empresa obligatorias cuando llegaban las fiestas. Todo parecía estar, como se suele decir, en orden. Noches tranquilas en el sofá viendo series, fines de semana algo caóticos entre centros comerciales y parques, visitas no muy frecuentes pero inevitables a la casa de los abuelos en la sierra. Clara estaba segura de que tenía una familia firme, real, una especie de refugio donde no cabían ni la mentira ni la traición.

Pero aquel castillo, que ella creía hecho de piedra, se deshizo como una casa de naipes un martes cualquiera de noviembre.

Clara volvió a casa tres horas antes de lo habitual. En el salón se había reventado una tubería y la dueña del local mandó a todas las empleadas a casa. Esa tarde ella y Diego pensaban pasar por una tienda de bricolaje, así que bajó hasta el coche de él, aparcado junto al portal, para recoger una bolsa grande de tela que habían dejado allí. Abrió la guantera buscando unas toallitas húmedas. Entonces sus dedos rozaron el plástico frío de un móvil desconocido. La típica escena absurda de las telenovelas, esa que antes la hacía sonreír con superioridad, acababa de caerle encima. La pantalla no tenía contraseña, y lo primero que vio fue una conversación abierta en una aplicación de mensajes con una tal Nuria. Fotos en restaurantes, corazones, declaraciones ardientes, planes para pasar un fin de semana en un hotel rural: justo aquel fin de semana que Diego, supuestamente, había pasado en un «congreso profesional aburridísimo». Por la foto de perfil, Nuria apenas tendría veintidós años, estudiaba diseño y llamaba a Diego «mi león maduro». A Clara le subió una náusea tan violenta que tuvo que apoyarse en el capó para no caer.

Aquella noche hablaron. Clara, que se había tomado un tranquilizante antes de enfrentarlo, esperaba lágrimas, súplicas, explicaciones pobres del tipo «cariño, fue un error, ella no significa nada» o, en el peor de los casos, algún intento de culparla a ella porque en el matrimonio «hacía tiempo que se había apagado la chispa». Pero Diego reaccionó de una manera que le dio más miedo que cualquier grito. Escuchó sus acusaciones torpes y entrecortadas con una calma insoportable, miró las capturas impresas de la conversación y no cambió el gesto: tenía una frialdad casi limpia, casi indiferente.

—Sí, es verdad —dijo con una voz plana, mirando como si Clara no estuviera allí—. Me voy. Mañana inicio los trámites del divorcio.

A Clara le dolió más aquella ausencia de emoción que la propia infidelidad, miserable y vulgar. Ni un intento de salvar la familia por Alba, ni una sombra de arrepentimiento en los ojos. Sin embargo, lo que terminó de descolocarla y encendió en su interior una alarma sorda fue otra cosa: el reparto de bienes. El piso de tres dormitorios lo habían comprado con hipoteca durante el matrimonio, y por ley a él le correspondía la mitad. Pero Diego, sin discutir una sola vez, se empadronó en otra dirección y firmó ante notario una donación de su parte a favor de Clara, prometiendo además liquidar por su cuenta y de forma anticipada toda la deuda que quedaba con el banco.

—No quiero nada de ti —le dijo mientras cerraba dos maletas con su ropa—. Vive tranquila con Alba. No pienso estorbaros. El piso se queda entero para vosotras.

Sus amigas repetían lo mismo, casi a coro: «¡Alégrate, tonta! Al menos te ha tocado un hombre decente, no uno de esos que te arrastran por los juzgados para dividir cucharas, calzoncillos y metros cuadrados». Pero a Clara aquella generosidad repentina no le producía alivio; le provocaba un frío que le subía desde el estómago. Diego nunca había sido desprendido. Durante años había calculado la comunidad hasta el último céntimo, podía convertir en discusión incómoda los cien euros de más que ella gastaba en un vestido, revisaba ofertas y descuentos con una paciencia obsesiva. Y de pronto regalaba sin pestañear un piso carísimo, valorado en casi trescientos cincuenta mil euros. Sin juicio, sin regateo, sin un reproche. Había algo torcido en todo aquello, algo artificial, falso, como una astilla clavada bajo la piel.