Todo le daba vueltas. Clara permanecía sentada en el suelo del salón, junto a una alfombra abierta y unos restos humanos, mientras fuera el sol brillaba con una claridad obscena, los pájaros cantaban, y el mundo seguía comportándose como si nada hubiera ocurrido.
El móvil vibró en el bolsillo de sus vaqueros. Se estremeció y lo sacó. Era un mensaje de un número desconocido. El texto era breve:
«Espero que ya lo hayas encontrado todo. Ahora entiendes por qué me fui y os dejé el piso. No fue generosidad, Clara. Fue el precio de tu silencio. Tienes dos días para decidir: o vas a la policía y explicas por qué viviste diez años con un asesino, dormiste en su misma cama y tuviste una hija con él, y entonces Alba nunca volverá a tener padre, solo una pensión de huérfana y la marca de ser hija de un monstruo para toda la vida; o aceptas mi regalo, te callas y sigues viviendo. La alfombra puedes tirarla. El cuerpo iré a recogerlo después. Tú eliges. P. D.: Te quiero. Siempre te quise. Perdóname».
Clara leyó el mensaje tres veces. Luego una cuarta. Después el teléfono se le cayó de la mano y fue a parar sobre la alfombra, junto a la mano seca del hombre muerto. Entonces ella empezó a reír, muy bajo, sin hacer ruido. En aquella risa no había nada alegre. Solo la comprensión brutal de que su vida corriente, clara, incluso aburrida, acababa de terminar. Y que algo completamente distinto acababa de abrirse ante ella.
Levantó la mirada hacia el techo, como si allí pudiera encontrar una respuesta. Pero no había ninguna. Solo quedaban un silencio espeso y pegajoso, y aquel olor a muerte que ahora parecía haber penetrado para siempre en cada rincón de la casa.
