Cuando la casa quedó en silencio, Valeria empezó a revisar el dormitorio. Durante las últimas semanas, pasadas las doce, había oído voces apagadas, lo bastante claras como para arrancarle el sueño y hacerla dudar de sí misma. Iván había usado aquello como otra prueba de su supuesto «estado alterado». Valeria miró las rejillas de ventilación, las lámparas, los enchufes. Nada.
Entonces descolgó el cuadro que Mercedes le había regalado dos meses antes y descubrió un pequeño altavoz inalámbrico pegado con cuidado en la parte trasera del marco.
No eran fantasmas.
No era estrés.
No era su imaginación.
Era tecnología.
Valeria fotografió el hallazgo, colocó el cuadro de nuevo en su sitio y ya se dirigía hacia la escalera cuando oyó voces en la planta baja. Se escondió detrás de la pared y vio a Iván sentado demasiado cerca de Clara. Él tenía una mano enredada en su pelo, mientras ella apoyaba la cabeza contra su hombro con una confianza que no dejaba lugar a dudas. La conversación que siguió terminó de borrar cualquier resto de incertidumbre.
Eran amantes.
Y algo peor: estaban convencidos de que la victoria ya era suya.
Iván decía que la siguiente dosis dejaría a Valeria tan confundida y desorientada que al día siguiente haría el ridículo en la reunión del consejo de administración. Clara se reía y se quejaba de estar cansada de fingir que era su hermana adoptiva. Quería que Valeria desapareciera de sus vidas y acabara encerrada en una clínica psiquiátrica.
Valeria grabó cada palabra.
A la mañana siguiente, Valeria y su abogado, Javier Salcedo, abrieron el despacho cerrado de Iván y también su caja fuerte. Dentro estaba todo el plan: informes médicos falsificados, una solicitud para obtener la tutela, historiales clínicos manipulados, documentos sobre dinero desviado de la empresa y pruebas de la verdadera relación entre Iván y Clara.
En la reunión del consejo de administración, Iván interpretó su papel con absoluta perfección, justo hasta el momento en que Valeria tomó el micrófono.
—No padezco ningún trastorno mental —dijo—. Mi marido me ha estado drogando de manera deliberada y sistemática, con la ayuda de Mercedes Núñez y Clara Vidal, para quedarse con el control de mi empresa.
Las puertas se abrieron.
La policía entró en la sala.
Las pruebas fueron presentadas una tras otra: la grabación del restaurante, los audios de las conversaciones, los resultados de los análisis de laboratorio, las transferencias bancarias y los documentos encontrados en la caja fuerte.
A Iván se lo llevaron esposado. Clara fue detenida allí mismo. Mercedes fue arrestada más tarde, ese mismo día.
Un mes después, Valeria volvió a sentarse en su despacho.
Había perdido su matrimonio, su confianza y la vida que durante años creyó verdadera.
Pero había recuperado mucho más:
su nombre, su empresa y a sí misma.
