Pablo no volvió. Sus cosas desaparecieron. En el armario, sólo perchas vacías. En la mesita de noche, una nota escrita a mano en un pedazo de papel: No pude soportarlo. Perdóname.
Cuando Sofía cayó enferma, el mundo no se detuvo: simplemente dejó de respirar.
Primero llegó la debilidad, el dolor en cada músculo, luego la fiebre que ni las pastillas ni las inyecciones podían bajar. Después, un dolor en el pecho como si alguien clavara un hierro al rojo vivo y lo girara lentamente. Acostada en el sofá, envuelta en una manta, miraba al techo intentando entender: ¿Será sólo un resfriado? ¿O algo peor?
Esa noche Pablo regresó tarde. Tiró la chaqueta, lanzó las llaves sobre la cómoda y, sin mirarla, soltó:
—¿Otra vez tirada ahí? Los platos sin lavar, la casa hecha un desastre.
—Sí —susurró ella—. No puedo levantarme.
Él suspiró como si fuera culpa suya que ella estuviera enferma y obstaculizara su noche.
—Pues quédate ahí. Voy a la ducha.
No se acercó. No la abrazó.
Sofía permaneció en silencio. Ya no le quedaban fuerzas ni para resentirse.
Al día siguiente la trasladaron al hospital. El diagnóstico sonó como sentencia: neumonía bilateral complicada por infección viral, posible componente autoinmune. Los médicos hablaron rápido, sin emoción, pero en sus ojos Sofía leyó: Esto podría terminar mal.
Pidió a la enfermera que le trajera el teléfono para llamar a Pablo.
La enfermera se lo entregó. Marcó su número. No respondió.
Llamó otra vez al cabo de una hora. Luego otra. Y otra.
A la cuarta llamada, contestó. Su voz, indiferente, como si la despertaran en medio de un sueño importante:
—¿Qué pasa?
—Pablo, me han ingresado. Es serio. Necesito—
No pudo terminar. Él la interrumpió.
—Estoy en el trabajo, Sofía. No puedo.
—Eres una mujer adulta, los médicos están cerca. ¿Qué quieres, que deje todo y corra?
Se quedó en silencio. Un nudo en la garganta.
—Está bien —dijo bajito—. Perdón por molestarte.
No respondió. Colgó.
Tercer día en el hospital.
Sofía, con la vía intravenosa en el brazo, miraba por la ventana. El cielo gris, el asfalto mojado, pocos transeúntes con impermeables. Silencio absoluto en la habitación, solo el tic-tac del reloj y el zumbido del ventilador.
Volvió a marcar a Pablo. Tonos de llamada. Nada.
Entonces entró la compañera de cuarto:
—No lo llames. Se fue. Dejó las llaves conmigo.
—¿Se fue? ¿A dónde?
—No dijo. Solo recogió sus cosas y se marchó.
Sofía cerró los ojos. Algo se rompió dentro de ella. No el corazón, sino algo invisible y fino que la había unido a él durante años.
No lloró. Ni tenía fuerzas para ello.
Al séptimo día llegó su madre.
Entró en la habitación cargada de bolsas y con la mirada lista para destrozar el mundo si alguien lastimaba a su hija.
—¡Qué hijo de…! —exclamó al ver a Sofía—. ¿Cómo pudo hacer esto?
Sofía intentó sonreír, pero fue débil.
—Shh… estoy aquí. Ahora estoy contigo.
Su madre se quedó. Dormía en una cama plegable junto a ella, preparaba caldos y los traía en termos, suplicaba a los médicos que le dieran los mejores medicamentos, regañaba a las enfermeras si algo no parecía correcto.
—No estás sola —repetía cada mañana—. No estás sola, Sofi.
Y por primera vez en mucho tiempo, Sofía creyó que era verdad.
Alta hospitalaria.
Tres semanas después, regresó a casa. Débil, delgada, con círculos oscuros bajo los ojos, pero viva.
Todo permanecía como lo había dejado: polvo en los estantes, olor a cerrado, platos sucios. Pablo no volvió. Sus cosas desaparecieron. En el armario, perchas vacías. En la mesita de noche, la misma nota:
No pude soportarlo. Perdóname.
Sofía miró las palabras largo rato, luego arrugó la nota y la tiró.
Su madre la ayudó a limpiar el apartamento, lavar ventanas, ventilar habitaciones.
—Empecemos de cero —dijo.
Sofía asintió.
Primer mes después de la enfermedad.
Casi no podía caminar. Respirar le costaba. Pero cada día daba diez pasos más que el anterior. Luego veinte. Salía al balcón, luego al patio.
Desde el trabajo llamaban. Preguntaban cuándo regresaría.
—Pronto —respondía ella.
Aunque no sabía si él volvería alguna vez.
Regreso al trabajo.
Seis semanas después, apareció en la oficina. Sus colegas la miraban con cuidado, como si fuera una delicada figurita de porcelana, fácil de romper.
—¡Qué gusto verte! —dijo la jefa, abrazándola.
Sofía sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, sincera.
El trabajo se convirtió en su salvación. Olvidaba el dolor, el vacío en el pecho, el amor perdido por alguien que la abandonó en su momento más oscuro.
Por las noches escribía en su diario. No se quejaba, solo registraba:
Hoy caminé tres cuadras sin falta de aire.
Hoy me comí una manzana entera.
Hoy no pensé en él.
Otoño.
Cayeron las hojas. Sofía compró un abrigo nuevo, cálido, color burdeos. Color de vida, no de enfermedad.
Comenzó yoga. Luego cursos de fotografía. Y los sábados a la biblioteca.
La vida no se volvió perfecta, pero era suya.
Una tarde, de regreso del trabajo, vio en el escaparate una pequeña figura de caballo de vidrio de colores.
