Raúl había pasado toda una semana junto al mar con una conocida, y al volver a casa, se quedó paralizado al ver lo que lo esperaba en la puerta.
Nunca había sido buen mentiroso. Mientras recogía su maleta en el dormitorio, se esforzaba por no cruzar la mirada con Mariana, la mujer con la que compartía casi diez años de vida.
—Una conferencia de toda la semana —dijo Mariana, apoyando el hombro en el marco de la puerta—. Y, claro, en Valencia, justo en pleno verano.
—Sí… —murmuró Raúl, apresurándose a guardar los bañadores entre las camisas perfectamente dobladas—. La empresa lo cubre todo. Sería absurdo rechazarlo.
—¿Tu amiga Carla también va? —preguntó Mariana, aunque su voz apenas parecía un cuestionamiento, más bien una constatación resignada.
Raúl se detuvo un instante, pero siguió guardando sus cosas, fingiendo que nada de importancia se había dicho.
—Sí, prepara una presentación. Es un viaje de trabajo.
—Por supuesto —Mariana cruzó los brazos—. Tan “de trabajo” como aquella fiesta corporativa del año pasado, donde tú “trabajaste en el proyecto” hasta las cuatro de la mañana.
—¿Otra vez con eso? —Raúl cerró el maletín de golpe—. Te lo expliqué entonces. Era un proyecto importante.
—Tan importante que después pediste borrar los mensajes del teléfono.
Raúl dejó la maleta sobre la cama y finalmente miró a su esposa.
—No pienso hablar de esto otra vez. Mi vuelo sale en tres horas.
—Entonces, saluda a tu “colega” de mi parte —dijo Mariana, apartándose para dejarle paso—. Que disfrutes.
Raúl murmuró algo ininteligible y salió rápidamente de la habitación.
Mariana permaneció un buen rato en medio del dormitorio, contemplando la foto familiar sobre la mesita. Después tomó el teléfono y marcó con decisión el número de la persona que necesitaba contactar.
Valencia en pleno junio recibió a Raúl con un mar cálido, olas suaves y una sensación de libertad.
Se tumbó bajo la sombrilla y observó a Carla adentrándose en el agua. Su piel bronceada brillaba bajo el sol, y los hombres alrededor no podían evitar mirarla.
—¡Ven aquí! —gritó ella, moviendo la mano—. ¡El agua está increíble!
Raúl entró al mar.
—¿En qué piensas? —preguntó Carla al acercarse y abrazarlo por el cuello—. No me digas que en trabajo.
—No, solo… recordé que no envié un informe antes de volar.
—Mientes —sonrió Carla, rozando su mejilla con los labios—. Piensas en tu esposa, ¿verdad?
Raúl frunció el ceño.
—Acordamos no hablar de ella aquí.
—Está bien, está bien —dijo Carla, conciliadora—. Entonces, ¿vamos a nadar hacia la boya?
Por la noche cenaron en un restaurante con vistas al mar. Carla llevaba un vestido nuevo que había comprado el día anterior. Raúl contemplaba cómo la luz del atardecer caía sobre sus hombros y pensaba que era realmente hermosa. Pero dentro de él se agitaba un sentimiento inquietante.
—¿Mañana iremos a la montaña? —preguntó Carla, tomando un sorbo de vino—. Quiero fotos bonitas.
—Iremos —asintió Raúl—. Y compraremos recuerdos.
—¿A Mariana le gustan los recuerdos? —preguntó, casi inocentemente, Carla.
Raúl frunció el ceño.
—Te pedí que no tocaras ese tema.
—Perdón —dijo Carla, colocando su mano sobre la de él—. Solo que algún día tendrás que decidir. No podemos escondernos para siempre.
—Lo sé —respondió Raúl sombrío—. Cuando vuelva, hablaré con ella.
—¿De verdad? —Los ojos de Carla brillaron—. ¿Lo prometes?
—Lo prometo.
La semana pasó casi sin que se dieran cuenta. Nadaron, tomaron sol, hicieron excursiones, cenaron mariscos y pasearon por el malecón. Raúl casi olvidó la casa. Casi.
El día de la partida, Carla lo abrazó con fuerza en el aeropuerto.
—No olvides lo que prometiste —susurró, rozando sus labios—. Esperaré tu llamada.
—Lo recuerdo —dijo Raúl, apartándose con dificultad—. Llamaré justo después de hablar con ella.
Tomaron vuelos distintos, por precaución. En el avión, Raúl pidió un whisky y trató de idear qué decirle a Mariana.
Tras diez años de matrimonio, sus vidas se habían convertido en la de dos extraños bajo el mismo techo.
Tarde, el taxi se detuvo frente a la casa. Tras pagar al conductor, Raúl se quedó unos segundos inmóvil, mirando las ventanas del apartamento. La luz estaba encendida en la sala: Mariana aún no dormía.
Exhaló profundamente y se acercó a la puerta. La cerradura cedió casi sin sonido. Dejó la maleta en el recibidor y escuchó atentamente. Desde la sala se percibía música suave y voces.
“Seguramente es la televisión”, pensó, quitándose los zapatos.
Pero lo que vio a continuación lo dejó paralizado.
En medio del salón, una mesa estaba elegantemente preparada: champán, pastel y una vela con el número “10”.
Mariana estaba sentada en el sofá, pero no sola. Junto a ella había un hombre alto de cabello rubio, a quien Raúl nunca había visto. Reían, y la mano del desconocido reposaba tranquilamente sobre su hombro.
—¿Qué… qué sucede aquí? —preguntó Raúl con voz ronca, dando un paso hacia la sala.
Mariana se sobresaltó y giró la cabeza.