En la costa pasé una noche con un hombre al que acababa de conocer, pero al volver a la oficina me quedé sin aliento al verlo sentado justo donde jamás habría imaginado…

En la costa pasé una noche con un hombre al que acababa de conocer. Pero cuando regresé a la oficina, me quedé inmóvil al descubrir allí a alguien que no podía estar allí…

Clara se casó cuando ya no era una muchacha impulsiva, sino una mujer que creía haber aprendido a mirar la vida con cierta sensatez. Para entonces, casi todas sus amigas habían formado una familia, y algunas incluso habían pasado ya por el dolor de una primera separación. Mientras las demás preparaban mochilas, meriendas y reuniones escolares, Clara seguía preguntándose qué esperaba realmente de su propio destino, y esa duda le dejaba a menudo una inquietud difícil de explicar.

No podía decirse que le faltaran pretendientes. Tenía una figura delicada, una feminidad tranquila y una belleza serena que hacía que los hombres se volvieran a mirarla. Sin embargo, había algo que siempre se repetía: quienes insistían en conquistarla no lograban despertar nada profundo en ella, y aquellos que tal vez habrían podido gustarle pasaban de largo, como si nunca la hubieran visto de verdad.

Clara soñaba con un amor auténtico, de esos que aparecen una vez y ya no se apagan nunca. Su madre, al verla triste, solía decirle: «No corras, hija. Lo que sea para ti sabrá encontrarte. Lo importante es no entregar tu vida al hombre equivocado».

Pero aquellas palabras, aunque la consolaban por un rato, no lograban borrar el miedo que iba creciendo dentro de ella. Temía que ese hombre sencillamente no existiera. O peor todavía: que existiera, pero perteneciera desde hacía tiempo a otra mujer. Cada año que cumplía añadía una sombra nueva a su ansiedad, como si el tiempo se estuviera escapando sin pedir permiso.

Aun así, un día apareció alguien a quien Clara quiso ver como su destino, y aceptó casarse con él. La ilusión, sin embargo, se deshizo casi en cuanto terminó la celebración. Después del nacimiento de su hijo, los problemas comenzaron a acumularse sin descanso. Las discusiones, las carencias económicas y la indiferencia de su marido terminaron por cansarla hasta el límite. Clara pidió el divorcio y volvió con el niño a la casa de sus padres.

Todo lo vivido la dejó agotada, sensible y vacía, como si alguien le hubiera arrancado la alegría desde dentro. Su madre, al notar que su hija se apagaba día tras día, le habló una tarde con firmeza: «Necesitas respirar. Vete unos días al mar, cambia de aire, y yo me quedo con el pequeño». «Descansa, toma un poco el sol, acuérdate de que sigues siendo mujer y vuelve a recomponerte», insistió.

Al final, Clara cedió. Pidió vacaciones y viajó hacia la costa justo cuando el otoño todavía conservaba un calor amable, suave, casi veraniego. Pero aunque estaba lejos, su cabeza seguía en casa, junto a su hijo. Llamaba a sus padres varias veces al día, solo para escuchar la voz del niño y asegurarse de que todo seguía bien.

Una tarde, de regreso del paseo marítimo, compró una sandía grande y madura en una frutería cercana. Ya imaginaba cómo la cortaría por la noche, cómo el jugo frío y dulce le aliviaría el cansancio después de tantas horas de sol. La llevaba con cuidado, sujetándola contra el pecho con las dos manos. Entonces, al doblar una esquina, apareció de golpe un grupo ruidoso de jóvenes.

Clara intentó apartarse por instinto para evitar el choque. Pero en ese mismo instante alguien la empujó sin querer desde atrás. Sus brazos perdieron fuerza, la sandía resbaló y cayó contra la acera con un golpe sordo, partiéndose en pedazos rojos y brillantes que se esparcieron por el suelo.

—Déjeme compensarla por esto —dijo a su lado una voz masculina, grave y cálida.

Clara se incorporó, sacudiéndose el polvo de la ropa. Y fue precisamente con aquel tropiezo absurdo, junto a una sandía rota en mitad de la calle, como comenzó su intenso y luminoso romance de vacaciones…

Los días pasaron como si hubieran sido un único instante bañado por el sol. Pero cuando Clara volvió por fin a su trabajo, se quedó HELADA…

…Porque al entrar de nuevo en la oficina, sintió que el cuerpo se le convertía en piedra.

En el despacho de la jefa de departamento, detrás de la mesa donde siempre se sentaba la severa y eternamente irritada Beatriz Salcedo, estaba ÉL.

El mismo hombre de la costa. El desconocido de voz profunda que la había ayudado después de la sandía destrozada. El hombre con quien había pasado los últimos cinco días de descanso, olvidando por primera vez en mucho tiempo el dolor, el divorcio, el agotamiento y el miedo a volver a confiar. Su sonrisa, sus manos, sus susurros en aquella habitación oscura con vistas al mar… todo regresó a ella de golpe, con una fuerza que casi la dejó sin respiración.

Pero ahora parecía otra persona. Ya no era aquel turista libre, con camisa ligera y olor a sal y sol en la piel, sino un hombre sereno, seguro de sí mismo, vestido con un traje caro y perfectamente sobrio. Estaba dictándole algo a la secretaria cuando Clara se quedó paralizada en el umbral y el bolso se le resbaló de las manos.