Encontraron a un bebé junto a una tumba recién cubierta, pero la pulsera del hospital llevaba el nombre de la hermana que todos daban por muerta

—Dios santo… —susurró Carmen.

—Esta noche pude escapar. Dejé a mi hijo en el cementerio, junto a la tumba de mamá… porque sabía que tú volverías del turno atravesando el camposanto…

Álvaro la miró, atónito.

—¿Nos estabas vigilando?

Lucía asintió sin decir nada.

Y en ese mismo momento la ventana de la cocina estalló con un estruendo brutal.

Carmen gritó.

Una piedra cayó al suelo.

Llevaba atado un papel.

Álvaro lo recogió con las manos temblorosas.

En el trozo arrugado solo había unas pocas palabras:

«Devuelvan al niño y seguirán vivos».

Capítulo 4. La última noche del miedo

Carmen estaba sentada junto a la pared, abrazando al bebé contra su pecho. Después de que se rompiera la ventana, le temblaban tanto las manos que apenas conseguía sostenerlo. El niño respiraba suavemente, como si no entendiera el horror que se desataba a su alrededor.

Álvaro leyó la nota una vez más y levantó despacio los ojos hacia Lucía.

—Si nos quedamos aquí, nos matarán.

Al otro lado de la puerta volvieron a oírse pasos.

Pesados.

Lentos.

Como si quienes estaban fuera ya supieran que la presa no tenía salida.

Lucía se acercó de pronto a Álvaro y le agarró la mano.

—Hay una persona… Puede ayudarnos.

—¿Quién?

—Un antiguo inspector de la comarca. Don Rodrigo Martín. Hace tiempo intentó investigar las desapariciones de bebés, pero cerraron el caso enseguida. Después lo echaron.

Álvaro entornó los ojos.

—¿Y dónde está ahora?

—Vive cerca de la estación. En la vieja casa del guarda forestal.

Carmen se incorporó.

—Entonces tenemos que irnos ya.

En ese instante volvieron a embestir la puerta.

La madera crujió.

—No hay tiempo —murmuró Lucía.

Álvaro apagó lo poco de luz que quedaba. La casa se sumergió en la oscuridad.

—Por el cobertizo —dijo él en voz baja.

Salieron con cuidado por la puerta trasera. La lluvia fría les golpeó la cara de inmediato. El viento aullaba con tanta fuerza que casi se tragaba el sonido de sus pasos.

El patio estaba oscuro. Solo junto a la cancela se movían las siluetas de los hombres.

Álvaro guio a las mujeres por el huerto, procurando no hacer ruido. El barro se les pegaba a los zapatos; las ramas mojadas les azotaban el rostro. Carmen apenas podía mantenerse en pie.

Pero entonces el bebé lloró.

Fuerte.

Agudo.

Desde el patio gritaron al instante:

—¡Están detrás! ¡Cogedlos!

Comenzó la persecución.

Álvaro agarró a Carmen de la mano y echaron a correr por el campo hacia el monte. A sus espaldas se oían gritos, ladridos de perros y motores rugiendo.

De pronto Lucía se detuvo.

—No… yo los entretendré.

Carmen se volvió horrorizada.

—¿Qué estás diciendo?!

—Si no lo hago, nos alcanzarán a todos.

Álvaro la sujetó por el hombro.

—¡Ni se te ocurra!

Pero Lucía sonrió. Por primera vez en toda aquella noche espantosa.

—He vivido tres años como si ya estuviera muerta. Él tiene que vivir de verdad.

Tocó con ternura la cara de su hijo.

Y luego salió corriendo en dirección contraria, hacia el viejo puente sobre el río.

Se oyeron los gritos de los hombres.

Varios fueron tras ella.

Un minuto después, la oscuridad se partió con un sonido terrible de metal golpeando, seguido por el chillido de unos frenos.

Después todo quedó en silencio.

Carmen gritó, rota de espanto.

Pero Álvaro tiró de ella y la obligó a seguir.

Llegaron a la casa del antiguo inspector cuando ya empezaba a amanecer. Don Rodrigo Martín los escuchó sin interrumpirlos, y enseguida llamó a viejos conocidos que aún conservaba en la capital de la provincia.

Dos días después comenzaron las detenciones.

La verdad resultó más espantosa de lo que nadie quería imaginar: la red de venta de bebés llevaba años funcionando. En ella estaban implicados médicos, funcionarios y antiguos miembros de las fuerzas de seguridad.

Héctor fue detenido cuando intentaba huir.

El cuerpo de Lucía apareció cerca del puente.

Había salvado a su hijo entregando la vida.

Pasaron cinco años.

El pequeño Mateo llamaba mamá a Carmen y papá a Álvaro. Ellos nunca le contaron toda la verdad.

Solo algunas noches, Carmen sacaba una vieja fotografía de su hermana y murmuraba en voz baja:

—No volviste en vano, Lucía…

Y al otro lado de la ventana seguía sonando el viento, como si alguien invisible todavía protegiera aquella casa.