—¡Escúchame bien! Ahora soy rico, y es hora de que nos divorciemos —declaró con altivez su esposo, sin imaginar las consecuencias de sus palabras.
—Ni te imaginas cuánto me irrita tu mediocridad y tu gris rutina —continuó Tomás, con los ojos brillando de arrogancia—. ¡No necesito a una sombra gris; merezco algo más!
—¿De verdad crees que el dinero te hace mejor? —preguntó Valeria con voz quebrada, conteniendo las lágrimas.
La luz de la tarde iluminaba suavemente la cocina donde Valeria preparaba la cena. El aroma del guiso de verduras y de los empanadillos recién horneados llenaba el ambiente.
De pronto, Tomás irrumpió en la puerta agitando un sobre y sonriendo de oreja a oreja.
—¡Vale! ¡Vale! ¡No lo vas a creer! —gritó sin quitarse los zapatos—. ¡Me ha llegado una carta de herencia de un pariente lejano! ¡Ahora soy rico!
Valeria se giró, secándose las manos en el delantal.
—Perfecto, Tomi —respondió con calma—. Pero, ¿quién es ese pariente? No conocemos a nadie.
—¡Qué más da! —rió Tomás mientras se acercaba para besarla en la mejilla—. ¡Ahora podemos permitirnos todo lo que queramos!
Valeria levantó las cejas, sorprendida, pero antes de que pudiera responder, Tomás ya gesticulaba, describiendo compras y sueños de lujo.
Sin embargo, al día siguiente, tras lo que parecía una noche en vela imaginando su futuro como millonario, Tomás mostró su verdadero carácter.
Miraba a Valeria con desprecio, exigía atención exclusiva y todos los temas de conversación giraban en torno a su riqueza recién descubierta. Era como si la carta no anunciara una herencia, sino un premio Nobel.
—Sabes, Vale —dijo durante el desayuno, sin mirarla—, ahora que soy rico, deberíamos reconsiderar nuestra relación.
Valeria se estremeció, paralizada por el shock.
—¿De qué hablas? —logró preguntar, conteniendo las lágrimas.
—Bueno, entiendes, estoy en otro nivel —respondió mientras mordía un panecillo—. Otros… —se detuvo, con un gesto despectivo—, otros son demasiado simples para mí.
—¿Otros? ¿De qué hablas, Tomás?
—Que ahora soy rico —repitió, como si eso explicara todo—. Y tú eres demasiado común.
Horrorizada, Valeria llamó a sus amigas, Carla y Elena, para contarles lo ocurrido.
—Chicas, no van a creerlo —comenzó, apenas sentadas en la cafetería—. ¡Tomás recibió una herencia y ahora cree que no soy digna de él!
Carla bufó.
—Vaya… ¿quién es ese pariente que cae del cielo?
Elena frunció el ceño, escuchando atentamente.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó.
—No lo sé —susurró Valeria—. ¡Tomás se ha vuelto insoportable!
Carla negó con la cabeza.
—Valeria, ¿segura de que no es un error? Quizá esté loco.
—No lo sé —repitió Valeria—. Pero no es su estilo.
Elena, más fruncida aún, reflexionó en silencio.
Así terminó la tarde. Valeria regresó a casa donde Tomás hojeaba catálogos de autos caros. La inquietud se instaló en su corazón, pero la esperanza de contar con sus amigas le daba fuerza.
Con cada día que pasaba, Tomás se volvía más insoportable. Aunque aún no había recibido el dinero, su comportamiento cambió radicalmente: caminaba con la cabeza en alto como un millonario y trataba a Valeria con desdén.
—¡Vale, dónde está mi traje! —gritó una mañana—. ¡Tengo una reunión importante!
Valeria lo encontró y lo colgó cuidadosamente en la puerta del dormitorio.
—Tomás, ¿podemos hablar? —preguntó tímidamente, acercándose.
—Ahora no, no tengo tiempo para tonterías —replicó él, apartándola.
Valeria sintió cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. No entendía cómo su esposo había cambiado de esa manera. Decidió volver a buscar consejo con sus amigas.
Esa noche, se encontró con Carla y Elena en un pequeño café. Sentadas junto a la ventana, pidieron café y comenzaron a discutir la situación.
—Chicas, no puedo seguir así —dijo Valeria, conteniendo el llanto—. Tomás se ha vuelto insoportable. Me trata como a un sirviente y dice que necesita a otras personas cerca.
Carla bufó mientras apartaba su taza.
—¡Qué miserable! Vale, tienes que ponerle límites. Ni siquiera ha recibido el dinero y ya se cree superior.
Elena frunció el ceño, escuchando con atención.
—No estás sola, Vale. Todo se solucionará —dijo, con voz segura.
—Vale, tienes que mantenerte firme. Carla y yo no dejaremos que te lastime —agregó Elena, acariciando la mano de Valeria.
—Gracias, chicas. Sin ustedes no lo habría logrado —susurró Valeria, intentando calmarse.
Los días pasaron y Tomás se volvió aún más cruel, acusando a Valeria de ambición y de esperar su herencia.
—Vale, ahora soy otra persona —decía Tomás por la noche—. Siempre fuiste una sombra gris, esperando mi dinero para vivir a mi costa.
Valeria lo miraba con horror y dolor.
—Tomás, ¿cómo puedes decir eso? Hemos estado juntos tantos años, siempre te apoyé.
—Sí, sí, me apoyaste —sonrió con desdén—. Pero ahora veo que solo te interesan mis riquezas.
El corazón de Valeria se rompía con cada palabra. No entendía cómo su amado podía ser tan cruel. Todo el tiempo soportó, pero sus palabras cortaban como cuchillos.
