Escuché a mi esposo hablar de mí con su familia y no puedo dejar de llorar

—Sin ella no sería ni la mitad de quien soy —añadió.

Hubo una pausa y escuché el golpeteo del cuchillo contra la tabla de cortar.

—Es maravilloso, cariño —respondió Salma—. Me alegra que te sientas así. Cuando tu padre y el de Aria llegaron a aquel acuerdo, yo no estaba nada convencida por vuestra edad. Pensé que los estábamos empujando directamente al divorcio, o como mínimo al fracaso. Pero habéis sabido encontraros y habéis creado algo precioso.

—No se lo digo a Aria lo suficiente, pero ella lo es todo para mí. Y Lily… ¡Dios mío! Esa pequeñita me ha enseñado una forma de amar que nunca creí posible.

—Eso es el amor de padres, hijo —dijo Salma—. Y también la calma que se siente cuando sabes que tu relación es un lugar seguro.

Las lágrimas me nublaron la vista y me llevé la mano a la boca para contener los sollozos que amenazaban con salir.

Jason no tenía ni idea de que yo estaba allí, escuchando la confesión más hermosa que había oído nunca. Quería entrar en la cocina, abrazarlo y decirle cuánto significaban para mí sus palabras.

Pero me quedé quieta, abrumada por todo lo que acababa de oír.

Al cabo de unos minutos salí al jardín para reunirme con el resto de la familia, que jugaba con Lily.

Me senté, fingiendo que todo era normal. Lo era, pero también era muchísimo mejor. El mundo parecía más luminoso.

Me había preocupado tanto por nuestro futuro, por si realmente teníamos uno. Éramos jóvenes, lo sabía. Y una parte de mí siempre había pensado que estábamos condenados desde el principio.

Siempre supe que le importábamos, pero no imaginaba que lo sintiera con tanta intensidad.

¿Cómo no me había dado cuenta?

¿Me habría perdido demasiado en mi papel de madre de Lily, al punto de dejar de ver a Jason?

Esa noche, cuando volvimos a casa y acostamos a Lily, entre nosotros se instaló un silencio pesado. Jason se sentó a mi lado en el sofá, con la mano apoyada en mi rodilla, terminándose el postre que habíamos traído de casa de sus padres.

—Has estado muy callada —dijo con suavidad—. ¿En qué piensas?

Me mordí el labio, sin saber por dónde empezar.

Quería contarle todo lo que había escuchado, pero no sabía cómo reaccionaría Jason.

Al final inspiré hondo.

—Hoy te escuché… cuando estabas en la cocina con mamá —admití.

Los ojos de Jason se abrieron un segundo y luego bajó la mirada.

—¿Qué oíste? —preguntó.

—Dijiste… dijiste que sin mí no serías quien eres ahora. Que soy todo para ti.

—¿Escuchaste eso? —murmuró, casi sin aire.

Asentí.

—Solo iba a ver si necesitabais ayuda. Lily estaba con los demás. Jason, no tenía ni idea. Sabía que me querías, pero oírte decir todo eso…

Le conté cómo me había quedado parada en el pasillo, incapaz de moverme.

—Aria, lo digo completamente en serio —susurró—. Sé que no lo digo tanto como debería. Pero es la verdad, Aria. Me has hecho mejor persona, y no puedo imaginar mi vida sin ti. Sin Lily. Sois mi todo.

Al día siguiente quise mostrarle cuánto significaban para mí sus palabras. Pasé gran parte del día preparando su plato favorito y decoré la casa con velas y pequeñas notas donde escribí todo lo que adoro de él.

Cuando Jason entró en casa aquella tarde, su rostro se iluminó al verlo todo.

—¿Qué es todo esto? —preguntó, sonriendo.

—Es mi manera de darte las gracias —respondí—. Por todo.

Acostamos a Lily y disfrutamos de nuestra cena romántica. En ese momento comprendí que, fuera o no un matrimonio concertado, éramos felices. Y nos queríamos.

Y lo logramos.

**¿Y tú qué habrías hecho?**