Carmen permaneció todavía un buen rato sentada al volante, con las manos aferradas al aro como si soltarlo fuera a hacer que todo se viniera abajo. Tenía los nudillos blancos. El corazón le golpeaba el pecho de una manera extraña, no por miedo, sino por esa sensación espesa y oscura de desgracia que a veces llega antes que las palabras. El coche de Javier estaba aparcado junto a la verja. Cubierto de barro, como si no hubiera llegado hacía un momento, sino el día anterior. Sobre el capó brillaban gotitas diminutas de una lluvia reciente.
—Qué raro… —murmuró apenas.
Su marido le había repetido que en la oficina estaba hasta el cuello. Informes urgentes, reuniones importantes, retrasos hasta casi la medianoche. Incluso esa misma mañana, cuando Carmen estaba a punto de salir, él la llamó con voz cansada y le dijo:
—Tú descansa, qué suerte tienes. Yo me quedaré en el despacho hasta la noche.
Y ahora su coche estaba allí, quieto, junto a la valla de la casa de campo.
Carmen bajó despacio del automóvil. El aire olía a tierra mojada y a hierba tierna de primavera. En algún lugar cercano, un pájaro lanzó un grito inquieto. Todo alrededor parecía tan sereno que la escena resultaba todavía más absurda, más fuera de lugar.
La cancela estaba abierta.
—¿Javier? —llamó al entrar en el patio.
Nadie contestó.
En el porche había un bolso de mujer que no era suyo. Pequeño, claro, de buena piel, evidentemente caro. Carmen se detuvo de golpe, como si frente a ella hubiese aparecido una pared invisible.
Jamás había visto aquel bolso.
Un frío duro se le extendió por el pecho.
Entonces, desde el interior de la casa, llegó una risa.
Una risa femenina.
Carmen sintió que algo dentro de ella se desplomaba hacia un fondo que no existía.
Retrocedió un paso sin darse cuenta, pero enseguida enderezó la espalda con una terquedad seca y subió al porche. Le temblaban tanto los dedos que las llaves se le escaparon y cayeron con un tintineo sobre la madera.
La risa se apagó de inmediato.
La puerta se abrió casi al instante.
En el umbral estaba Javier.
Se quedó tan pálido que Carmen lo comprendió todo antes incluso de ver a la mujer que asomaba detrás de su hombro.
Joven.
De unos treinta años.
Con el pelo largo y oscuro.
Y vestida con su bata de estar por casa. La bata de Carmen.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Solo el viento movió ligeramente una vieja cortina junto a la ventana.
—Carmen… ¿Qué haces aquí? —consiguió decir Javier al fin.
Aquella pregunta dolió más que una bofetada.
—¿Ahora tengo que pedir permiso para venir a mi propia casa de campo? —respondió ella en voz baja.
La mujer que estaba detrás de Javier se ajustó la bata con un gesto nervioso.
—Javier, creo que será mejor que me vaya… —balbuceó.
—¡Quédate! —soltó él con brusquedad, aunque enseguida calló, como si se hubiera asustado de su propio tono.
Carmen miraba a su marido como si acabara de encontrarse frente a un desconocido.
Veinte años.
Veinte años de matrimonio se estaban deshaciendo allí mismo, delante de sus ojos.
En su memoria comenzaron a encajar, una tras otra, pequeñas cosas a las que antes no había querido dar importancia: las llegadas tarde, los viajes repentinos por trabajo, la irritación de Javier cada vez que ella proponía pasar juntos el fin de semana en la casa de campo. Incluso aquella insistencia suya en vender la finca adquiría ahora un sentido completamente distinto.
Él nunca había odiado aquella casa.
Simplemente estaba despejando allí un espacio para otra vida.
—¿Quién es? —preguntó Carmen, con una calma que ni ella misma reconoció.
Javier se pasó una mano por la cara.
—Es… Lucía.
—¿Desde cuándo?
Él no respondió.
Y su silencio sonó más terrible que cualquier confesión.
Carmen entró lentamente en la casa. Sobre la mesa había dos tazas, una botella de vino y un plato con queso curado cortado en lonchas. En el respaldo de una silla colgaba un jersey de mujer.
Una vida ajena.
En su casa.
En su cocina.
En su silencio.
De pronto recordó cómo había elegido aquellas cortinas. Cómo había plantado peonías bajo las ventanas. Cómo había imaginado que, precisamente allí, ella y Javier envejecerían juntos.
Qué ingenua había sido.
—Y pensar que yo te quería, Javier —dijo Carmen en voz baja, sin volverse.
A sus espaldas se instaló un silencio pesado.
Después Javier pronunció unas palabras que ella ya nunca podría arrancarse de la memoria:
—Carmen… Hace tiempo que quería decírtelo. Me voy.
Carmen no lloró.
No en ese instante, ni un minuto después, ni siquiera cuando Javier bajó la mirada como si le avergonzara su propia confesión. Por dentro, algo se le había vuelto piedra. Era una sensación extraña: cuando el dolor es tan grande que el cuerpo decide no sentirlo todavía.
Lucía fue la primera en romper el silencio.
—Yo no sabía que usted iba a venir… —dijo muy bajo, sin atreverse a mirar a Carmen a los ojos.
Carmen se volvió despacio hacia ella. La joven parecía desconcertada, pero no culpable. Y eso fue lo que más le quemó por dentro.
