Carmen sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho.
—Dios mío…
Ante sus ojos pasaron años enteros de su vida. La esperanza. El dolor. La vergüenza en las consultas médicas. Los análisis interminables. Las pastillas. Las lágrimas escondidas en el baño para que su marido no la oyera.
Y él lo sabía todo desde el principio.
—Los médicos me lo dijeron antes de la boda —confesó Javier en voz baja—. Pero luego tú empezaste con tratamientos, con esperanzas… No fui capaz de decirte la verdad.
—¿Y me dejaste creer durante veinte años que yo estaba rota?
—Te quería.
—No —dijo Carmen con firmeza—. El amor no hace eso.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Detrás de la ventana empezaba a llover. Gotas gruesas golpeaban el techo del porche y la tierra joven de los plantones que Carmen había traído con tanto cuidado aquella mañana.
Parecía que desde el momento en que había conducido feliz hacia la casa de campo hubiera pasado una vida entera.
Javier se levantó.
—Recogeré mis cosas y me iré por la mañana.
Carmen no dijo nada.
Él salió lentamente hacia la habitación contigua.
Y ella permaneció sentada, sola.
Pero lo extraño era que ya no sentía dolor.
Solo vacío.
Y también… alivio.
Como si por fin hubiera terminado una obra demasiado larga en la que durante años la habían obligado a interpretar un papel que no era suyo.
Carmen se acercó a la ventana. La lluvia cubría el jardín. En algún punto de la oscuridad se mecían sus peonías, que estaban a punto de abrirse.
Y entonces comprendió una cosa sencilla:
aquella casa de campo nunca había sido una jaula para ella.
Había sido su salvación.
A la mañana siguiente, Carmen salió al patio con una taza de té caliente entre las manos. Después de la lluvia, el aire olía a frescor y a tierra húmeda. Javier ya se había ido. Su coche ya no estaba junto a la verja.
Solo quedaba el silencio.
Un silencio verdadero.
Vivo.
Carmen se agachó lentamente junto al bancal y empezó a plantar los brotes con cuidado.
Por primera vez en muchos años, no lo hacía por la familia, ni por el matrimonio, ni por nadie más.
Lo hacía por ella misma.
Y justo en ese instante se sintió libre.
Fin.
