—Mamá, mira esto. Este nombre ha estado en la familia durante, por lo menos, cuatro generaciones.
Ella entrecerró los ojos, intentando leer bien.
—Impresionante… —murmuró.
—Así que no se trata sólo del dibujo animado. Ella no se limitó a repetir algo que oyó al pasar. De algún modo, CONOCÍA este nombre.
Para ser sincera, me dio un poco de miedo.
Porque ya no se trataba simplemente de su primera palabra.
Era un nombre que parecía haberse ido transmitiendo a través de las mujeres de mi familia, susurrado de generación en generación.
Un nombre que no estaba escrito en ninguna parte, que no aparecía en los libros.
Sólo existía en la memoria.
Y ahora, de alguna manera, mi bebé lo había traído de vuelta.
En las semanas siguientes, Ella dejó de decir esa palabra.
Al fin empezó a decir “mamá”, luego “perro”, “libro” y, por supuesto, “no”, que enseguida se convirtió en su favorita.

Aun así, a veces, cuando juega con un perro de peluche que antes era mío, se queda mirándolo fijamente y le susurra algo muy bajito.
No siempre alcanzo a oír lo que dice.
Pero un día, estoy segura de que lo escuché con claridad.
—Bimbo.
Ahora ya no me provoca escalofríos.
Ahora me parece algo hermoso.
Porque quizá el lenguaje no sea sólo algo que aprendemos poco a poco.
Tal vez también pueda heredarse.
Tal vez ciertos recuerdos permanezcan guardados profundamente en nuestros huesos, esperando al alma adecuada para despertar.
Así que sí: la primera palabra de mi hija no fue «mamá».

Fue un nombre que, en teoría, nadie recordaba.
**Pero siempre nos había pertenecido.**
