La temporada estaba a punto de terminar, pero aquel sobre sin remitente me obligó a entender que algunas despedidas regresan cuando una cree haberlas dejado junto al mar

La temporada ya se acercaba a su final.

Me lo repetía por dentro casi sin darme cuenta, como una oración gastada que había perdido la fe, pero conservaba todavía su ritmo antiguo. En el vagón olía a metal, a perfumes ajenos y a ese cansancio de otoño que se pega a la ropa. Tras la ventanilla pasaban campos apagados, casas dispersas, caminos estrechos; todo resultaba tan familiar que casi lograba borrar de mi memoria aquellas tardes junto al mar. Casi.

A veces la memoria se comporta como el agua: basta aflojar un instante el dique que una lleva dentro para que empiece a filtrarse, silenciosa, obstinada, llenándolo todo. De pronto me sorprendía recordando no sus palabras, ni siquiera su voz, sino los huecos entre una frase y otra. La manera en que callaba. Cómo desviaba la mirada antes de responder. Como si estuviera midiendo algo, no por él, sino por mí.

El piso me recibió con una quietud demasiado ordenada. Mi marido aún no había vuelto del trabajo. Mi hermana se había marchado antes, y la casa parecía vacía de una forma extraña; no por falta de muebles ni de objetos, sino como si le hubieran quitado una pieza invisible de sostén a la que yo me había acostumbrado sin saberlo.

Entré en la cocina, puse la tetera al fuego y abrí la ventana. El aire era más frío que en la costa, y en él ya se insinuaba el otoño: no brillante, no brusco, sino bajo, casi imperceptible, como esas primeras arrugas que aparecen alrededor de los ojos.

Fue entonces cuando lo vi.

Sobre la mesa había un sobre.

Era corriente, grueso, sin sello. Mi nombre estaba escrito con una letra limpia, ligeramente inclinada. Lo supe de inmediato: no era de mi marido. Su caligrafía era otra, rápida, descuidada, como si siempre tuviera prisa por acabar una idea y no le importara demasiado la forma.

No abrí el sobre enseguida. Lo que sentí no era miedo ni alarma, sino algo más fino, parecido a esa presión leve en las sienes que anuncia un cambio de tiempo. Pasé los dedos por el papel, noté su aspereza, como si esperara adivinar el contenido a través de la superficie.

La tetera empezó a hervir.

La apagué, pero no llegué a servirme agua.

Solo entonces rasgué el borde del sobre.

Dentro había una hoja doblada por la mitad.

Y una fotografía.

Primero miré la imagen.

Era una playa. Nuestra playa. La misma línea de espuma, un poco curvada, como una sonrisa que alguien no terminó de dibujar. La luz del atardecer era suave, casi de ámbar. Y allí estaba yo.

Aparecía de pie junto al agua, girada a medias, como si alguien acabara de llamarme. Mi rostro se veía con demasiada claridad, con demasiada precisión para ser una foto casual. Miraba directamente al objetivo.

Pero yo no recordaba ese instante.

No recordaba que nadie me hubiera fotografiado desde tan cerca.

Y lo más importante: en la imagen no había nadie a mi lado.

Aunque yo sabía con absoluta certeza que aquella tarde no estuve sola.

Desdoblé la hoja despacio.

Solo había unas cuantas líneas.

«Dijiste que no habría futuro para nosotros.

Yo lo acepté.

Pero no aclaraste para quién exactamente no lo habría».

Leí esas palabras una vez, luego otra, y después otra más, pero el sentido no se volvía más claro. Al contrario, parecía deshacerse, como tinta tocada por una gota de agua.

El piso permanecía en silencio.

Demasiado profundo.

De pronto me descubrí escuchando, no los sonidos, sino su ausencia. Como si detrás de esa quietud se ocultara algo más, casi imposible de distinguir, pero ya presente.

Dejé la fotografía sobre la mesa.

Y solo entonces advertí un detalle que se me había escapado al principio.

En el reflejo del agua, allí donde debería haber solo una línea temblorosa de horizonte, se insinuaba una silueta.

Borroso, casi disuelto entre los destellos.

Pero estaba allí.

Y no me miraba a mí.

Miraba directamente al objetivo.

Aparté la cara de golpe, como si pudiera esquivar aquella mirada, aunque existiera únicamente sobre papel.

En ese momento sonó la cerradura de la puerta.

Mi marido había vuelto.

Oí sus pasos, conocidos, pesados, algo cansados. Me llamó por mi nombre como lo hacía cada día, con la misma entonación de siempre, en la que había más costumbre que verdadero interés.

No contesté de inmediato.

Porque en ese instante comprendí algo muy simple, casi evidente, y por eso mismo mucho más inquietante.

Yo no le había dicho a aquel hombre dónde vivía.

Ni mi dirección.

Ni la ciudad.

Ni siquiera el país.

Doblé la carta con cuidado, la metí otra vez en el sobre y guardé todo en el cajón de la mesa.

Cuando mi marido entró en la cocina, yo ya estaba junto a la ventana, como si todo aquel tiempo no hubiera hecho otra cosa que mirar el patio interior.

—¿Qué tal el viaje? —preguntó mientras se quitaba el abrigo.

Me volví y sonreí.

Y solo entonces sentí que dentro de mí volvía a hacerse silencio.

Pero ya no era el mismo silencio.

No era el que llega después del descanso.

Era el que aparece justo antes de que algo empiece a suceder.