¡No me digas eso! ¡Diez años de matrimonio y ahora una amante? ¡Con tenerte a ti ya me basta!

—¡No me digas eso! ¡Diez años de matrimonio y ahora una amante? ¡Con tenerte a ti ya me basta! —exclamó Valeria, incapaz de contener el temblor en la voz.

Desde hacía semanas, un presentimiento la devoraba por dentro: sentía que su esposo la estaba traicionando. La incertidumbre carcomía su corazón y finalmente reunió el valor para enfrentarle directamente.

—Dime la verdad, ¿es cierto o no? —preguntó con un hilo de voz. Él simplemente se encogió de hombros:

—¡Pero qué dices! ¡Diez años juntos! ¡Una amante? Con tenerte a ti me sobra!

Sus palabras parecían sinceras. No había rastro de mentira en su sonrisa, en sus ojos, ni en su tono. Sin embargo, algo en su interior no podía convencerse.

Valeria no era de las que dejan el destino decidir por ella. Estaba decidida a descubrir la verdad. Pero, ¿cómo hacerlo?

Después de leer varios consejos en internet, lo primero que hizo fue revisar el teléfono de su esposo, aunque no encontró nada sospechoso. Solo unas conversaciones triviales con antiguas compañeras de escuela, nada que le preocupara. ¡Bah, tonterías!

Él nunca había protegido su teléfono con contraseña. —No tengo nada que ocultar —decía—. Ni mensajes borrados ni secretos. Parecía un ángel encarnado.

A veces Valeria pensaba que todo era fruto de su imaginación, pero cada vez que él se retrasaba en el trabajo, su corazón se oprimía de ansiedad.

Su amiga insistía:

—¡Eso es solo cosa de tu cabeza! Juan te ama y nunca mirará a otra mujer. Con tus sospechas solo arruinas todo.

Pero Valeria no podía ignorar lo que sentía; la idea de compartir a su esposo con otra mujer le resultaba insoportable.

Un día, decidida a confirmar sus sospechas, corrió hasta su oficina para ver si realmente se quedaba tarde. Al verla, Juan se enfureció:

—¡Me humillas frente a mis colegas!

Le tomó tiempo disculparse, pero él, de carácter indulgente, pronto perdonó.

Parecía que todo en su vida era perfecto: una casa llena, dos hijos creciendo sanos y felices. ¡Todo para disfrutar! Pero Valeria seguía inquieta, buscando pruebas.

Como dicen, quien busca, encuentra. Aunque hasta entonces, no había hallado nada concreto.

En el fondo, Valeria sentía ese temor común entre mujeres de treinta años: el miedo a quedarse sin su esposo y sin su familia.

Por fuera mostraba calma, pero por dentro su mente era un torbellino.

No había indicios de infidelidad: ni rastro de maquillaje en su camisa, ni perfumes extraños, ni cambios en su comportamiento. Pero su intuición le decía que algo no cuadraba.

Si no hubiera sido por un accidente, quizá nunca habría descubierto la verdad. ¿Imaginada o real? Eso aún debía confirmarse.

Cuando su hijo menor empezó la primaria, Valeria decidió aprender a conducir. Asistió a clases nocturnas, y tras tres meses aprobó el examen y obtuvo su licencia.

Juan estaba tan orgulloso que le compró un coche pequeño, pero propio.

Ella, de estatura baja y figura delicada, se sentía cómoda al volante.

Por supuesto, Juan nunca lo admitió, pero había comprado el auto también para que ella no pidiera un Audi de inmediato. —Primero acumula experiencia —le decía—.

Una mañana de fin de semana, Valeria se despertó antes que todos y quiso sorprender a la familia con un pastel de pollo y berenjena, su favorito. Pero se dio cuenta de que no había harina.

Afueras: frío intenso, nieve hasta la rodilla. Pero Valeria ya sabía conducir en invierno. Decidió ir a la tienda. Al acercarse al coche, este no arrancaba. Volvió a casa; todos seguían dormidos.

No quería caminar bajo el frío, así que tomó la llave del coche de Juan sin avisar, solo para un par de kilómetros.

Mientras el motor se calentaba, limpió los cristales y, al buscar servilletas en la guantera, algo cayó: un teléfono.

¿Pero de quién era?

No era el de Juan, eso estaba claro. Primero pensó que lo habría tomado por accidente, como él solía decir. Pero sus dedos buscaron la pantalla y Valeria encendió el aparato.

El primer mensaje era de una tal Susana:

—Cariño, ¡te extraño tanto! ¡Ven rápido! ¡Te estoy esperando!

Valeria parpadeó de la sorpresa. Sin contraseña, comenzó a leer toda la conversación mientras el coche seguía calentándose.

El hilo era largo. Muy largo.

Resultó que su esposo supuestamente trabajaba hasta las cinco, pero llegaba a casa a las siete. Valeria nunca habría imaginado verificar su horario real.

Descubrió que casi cada día primero visitaba a su “amada” Susana por una hora y luego regresaba a casa como si nada hubiera pasado, enviándole palabras que nunca le dirigió a Valeria.

En las fotos, la mujer parecía tener unos cuarenta años. ¿Por qué necesitaba él a alguien así?

Valeria se enfureció como nunca.

Justo cuando estaba a punto de salir del coche, vio a Juan salir del edificio.

Dejó una nota en casa diciendo que iba a la tienda. Él, sin darse cuenta, envió otro mensaje a Susana. Se acercó al coche, abrió la puerta del conductor, sin notar que ella estaba dentro, y de repente su rostro se congeló al verla con el teléfono, con una mirada que hacía temblar la tierra bajo sus pies.

—Juan, ahora entiendes por qué no podía calmarme —dijo Valeria con voz firme.

Él no supo qué responder. Solo bajó la cabeza y se sentó lentamente en el asiento del pasajero, como rindiéndose.

Y la nieve seguía cayendo afuera, como intentando borrar huellas que nadie podría borrar ya.

—¡Pero qué dices! ¡Diez años juntos! ¡Una amante? ¡Con tenerte a ti me sobra!

Cinco años de silencio: él me hirió por los kilos de más.

¡No me digas eso! ¡Diez años de matrimonio y ahora una amante? ¡Con tenerte a ti ya me basta!
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