—Ah, por cierto, mamá —continuó Lucía—. Pronto toca pagar el semestre. ¿Me darás dinero?
—¿Qué estudios? ¿Vas a las clases con la carriola? —frunció el ceño Carmen. —O tomas un año sabático, o resuelves el tema del niño. Ahora no lo necesitan.
Comenzó un escándalo. Lucía gritaba que su madre debía ayudar, que tras la muerte de Mateo quedaban bienes que eran parcialmente suyos. Luego acusó a Carmen de querer deshacerse del nieto. Finalmente la llamó monstruo y la empujó fuera.
Carmen esperaba que su hija se calmara. Pero no. Al día siguiente, Lucía la bloqueó por todos lados. Carmen conocía la dirección, podría haber ido, pero decidió que ya era suficiente. No se humillaría más.
Parecía que había perdido no solo a su hija, sino también el sentido de su vida. Sin embargo, el lugar vacío fue ocupado pronto.
Tras la partida de Lucía, Carmen empezó a vivir para sí misma. Se inscribió en un gimnasio. Allí conoció a Sergio. La ayudó con el aparato, luego la llevó a casa. Así nació su relación, que pronto se formalizó.
Sergio era diez años mayor. Viudo, con un hijo adulto, Iván, su nuera, Olga, y un nieto, Esteban. La vida de Carmen se llenó de toda una familia. Y la aceptaron bien, especialmente Olga. Para ella, Carmen no era suegra, sino amiga.
Esteban ocupó un lugar especial. Carmen lo adoraba: compraba juguetes, horneaba pasteles, lo llevaba al parque. Al principio Olga lo traía solo por necesidad, luego por gusto, porque el niño lo pedía.
—Abuela, ¿vamos a dar de comer a los patos hoy? —preguntó un día.
Y el corazón se le llenó de calidez… Carmen había olvidado lo que era el amor infantil sincero.
La vida recobró color. Pero dos años después, Lucía recordó a su madre.
Resultó que Diego decidió que la vida familiar no era para él. Terminó sus estudios, cambió varios trabajos y finalmente se fue con sus padres.
Pero el niño quedó. Y Lucía necesitaba un lugar donde vivir.
Carmen comprendió que eso ya no era su problema. Sobre todo cuando su hija regresó, no con disculpas, sino con nuevas exigencias: «Eres madre, debes…».
«Te quedarás sola y recordarás a mí», resonaba en su mente. Dolía, como un desgarrón en el corazón. Pero Carmen ya había superado eso hace dos años. Podría con ello.
En la sala sonó el teléfono. Primer mensaje de Sergio: preguntaba qué comprar, proponía una cena romántica. Segundo de Olga: foto de tres galletas decoradas torpemente.
—Esteban las hizo hoy en el jardín de infancia. Una para mí, otra para papá y otra para ti. ¿Podemos pasar por la tarde?
Carmen sonrió sin querer. Era como sumergirse en agua tibia. ¿Qué elegir? ¿Una tarde con su esposo o un encuentro con la familia recién encontrada?
Pero no importaba. Ambos escenarios eran buenos. Lo importante: antes, Carmen temía tanto la soledad que soportaba cualquier cosa por sentirse necesaria. Ahora sabía: ser necesaria no significa ser amada.
No, no estaba sola. Y parecía que nunca lo estaría.
