Cerré el portátil. El café se me antojó demasiado silencioso.
Esa noche regresé a casa. Olía a metal y a miedo. Delaney estaba sentado junto a la ventana.
—¿Lo encontró? —preguntó, tranquilo—. Le advertí que la verdad no le gustaría.
—Usted lo mató.
Negó con la cabeza.
—Lo protegí. Quería dejarle todo a usted. No entendía en qué se estaba metiendo. Su empresa no era solo un negocio. Financiaba un proyecto.
—¿Qué proyecto?
—“Restoration”. Un programa para recrear la personalidad humana mediante registros digitales. Empezó consigo mismo. Y con usted.
No lo entendí al principio.
Abrió el portátil y puso el mismo audio. Mi voz volvió a sonar:
—«Si estás oyendo esto…»
—No es una grabación —dijo—. Es una simulación. Copió una parte de su conciencia cuando trabajaba para él. Quería que usted viviera para siempre, aunque fuera en código.
Retrocedí, sintiendo que el suelo cedía.
—¿Para qué todo esto?
—Porque usted es su hija —respondió Delaney—. La verdadera. No la del matrimonio. La de un error. De un amor que ocultó.
Se puso de pie.
—Sus “hermanos” y su madre lo sabían. Por eso falsificaron el testamento. Por eso el sobre vacío. Usted no debía existir.
La cabeza me zumbaba. Levanté el segundo pendrive, el de la estación.
—¿Qué hay aquí?
Sonrió.
—Lo que puede reescribirlo todo.
Lancé el pendrive contra la pared. El plástico se resquebrajó. En la pantalla del portátil se encendieron líneas de código, como pensamientos escritos. Mi voz —la mía— dijo:
—«Ya no soy una copia».
El monitor se apagó. La luz de la casa titiló. Delaney apenas alcanzó a murmurar:
—No debió…
La pantalla volvió a encenderse. Pero ya no era código. Era mi rostro. Sonriente. Y yo estaba al lado, mirándome desde el otro extremo de la habitación.
—¿Qué…? —empezó Delaney, pero no terminó. La luz se cortó.
Cuando la policía llegó por la mañana, el piso estaba vacío. Delaney había desaparecido.
Sobre la mesa, un sobre. Blanco. Sin marcas. Dentro, un pendrive y una nota breve:
«Ahora la tinta la tengo yo. — K.»
A veces pienso que el señor Warren sabía cómo terminaría todo. El sobre vacío no era un castigo: era una llave. Abre el vacío, y él te abrirá a ti.
Y en algún lugar, en un archivo digital, mi voz aún susurra:
—«Si estás oyendo esto, significa que el juego ha empezado de nuevo».
