Un solo documento le arrebató para siempre sus esperanzas

Pero detrás del caos vio justo lo que quería ver: una rendición.

— Firma y no montes histerias… — murmuró él, ya con menos seguridad.

El desenlace de la escena

Rimma tomó una hoja y comenzó a escribir deprisa, casi sin controlar los movimientos.

— ¿Lo quieres todo? ¡Tómalo! ¡No lo necesito! ¡Solo desaparece de mi vida!

Le puso el documento en las manos. El papel parecía un consentimiento para transferir derechos sobre la propiedad con una renuncia total a cualquier reclamación.

Stanislav arrebató la hoja como si temiera que se la quitaran en ese instante. Sus ojos recorrieron rápidamente las líneas, aferrándose a cada palabra. Cuanto más leía, más crecía dentro de él la satisfacción, un alivio casi animal. Eso era exactamente lo que buscaba: una solución rápida, sin largas conversaciones ni enredos jurídicos.

— Ahora sí hablamos con sensatez — alargó él, visiblemente más suave. — Ya ves, se puede sin escenas.

Rimma permanecía inmóvil. En su rostro aún quedaban rastros de la reciente “explosión”, pero su mirada se había vuelto vacía y distante, como si algo dentro se hubiera apagado. No lo miraba a él, sino a través de él.

— Llévalo al notario — añadió ella secamente. — Y desaparece.

Él resopló, dobló cuidadosamente el papel y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, como si fuera un trofeo.

— Como digas. No soy codicioso, solo justo. Tú misma lo entiendes.

Se levantó y se estiró con gusto, moviendo los hombros. En aquella cocina estrecha ahora le parecía hacer demasiado calor, pero era un calor agradable, el calor de la victoria. Ya distribuía mentalmente el dinero futuro: deudas, intereses, conversaciones con acreedores. Incluso le prometió mentalmente una parte a Regina, después, cuando todo estuviera formalizado.

— No te arrepentirás, Rimma — lanzó por encima del hombro. — Así es más fácil para todos.

Ella no respondió. Solo inclinó ligeramente la cabeza, como si registrara sus palabras en un acta.

Stanislav salió al pasillo y se detuvo un segundo junto a la puerta. Dentro del apartamento había demasiado silencio, y aquel silencio incluso le agradó. Cerró la cerradura con un clic y se marchó.

No había pasado más de un minuto desde que se cerró la puerta de entrada cuando la expresión del rostro de Rimma cambió. Lenta, casi imperceptiblemente, desapareció la máscara de tensión. Sus hombros se relajaron y la respiración se volvió más uniforme. Se acercó a la mesa y recogió con cuidado las hojas dispersas que ella misma había arrojado al aire poco antes.

Sus dedos no temblaban. Al contrario, sus movimientos se volvieron precisos, casi profesionales. Sacó de un cajón otro documento, preparado de antemano, con sellos y anotaciones ordenadas. Encima reposaba una copia de aquel mismo “rechazo” que él se había llevado con tanta avidez.

Rimma pasó la palma por el borde del papel y sonrió apenas.

— Como siempre… ni siquiera lee hasta el final — dijo en voz baja.

En ese momento su apartamento dejó de ser simplemente una vivienda. Volvió a convertirse en un espacio de cálculo, donde cada detalle tenía importancia.

Abrió el portátil. La pantalla se iluminó suavemente. Unos movimientos rápidos, y un correo salió hacia su abogado con la marca de “urgente”. El archivo adjunto contenía el escaneo del documento que Stanislav ni siquiera había notado entre el texto.

Mientras tanto, él ya bajaba por la escalera, silbando algo entre dientes. Su seguridad aumentaba con cada paso. En la calle hacía frío, pero no lo sentía. En su cabeza resonaba una sola idea: todo había salido bien.

Sacó el teléfono y marcó el número de su hermana.

— Regina, escucha, ya está resuelto. Sí, rápido. Ella misma lo entregó… No, sin juicio. Luego te explico.

Al otro lado de la línea sonó una pregunta breve y desconfiada, pero él ya no escuchaba. La sonrisa no desaparecía de su rostro.

Esa noche, Rimma estaba sentada junto a la ventana. La ciudad tras el cristal vivía su vida habitual, indiferente y ruidosa. Sobre la mesa reposaba una carpeta ordenada con copias de documentos y extractos del archivo.

Recordó cómo muchos años atrás su abuela, Agnessa Pávlovna, le mostró por primera vez los viejos papeles de aquella tienda del comerciante Morózov. Entonces parecía solo una historia, una memoria familiar. Ahora era una herencia protegida mucho mejor de lo que podía imaginar el hombre que acababa de marcharse.

El teléfono vibró. Un mensaje de la notaría: “Solicitud aceptada. El objeto ha sido registrado a nombre del nuevo propietario. Cualquier reclamación externa carece de validez jurídica”.

Rimma no sonrió ampliamente. Solo se le movió apenas la comisura de los labios.

Al día siguiente, Stanislav llegó al notario más seguro que nunca. Puso sobre la mesa el documento firmado y se recostó en la silla.

— Formalicemos esto y listo.

La notaria miró atentamente los papeles y luego se quitó despacio las gafas.