—¿Entonces pretende que yo haga como si no hubiera pasado nada? —Javier soltó una risa nerviosa, casi rota—. ¿Que siga viviendo con Laura sabiendo que mi esposa será la hermana de mis propios hijos? ¿Que, maldita sea, me he convertido en abuelo de mis propios hijos? No… esto es una locura. Debo de estar perdiendo la cabeza.
—Contrólate y escucha a una mujer mayor que tú, una mujer que ya ha pensado en todo —la voz de Carmen se volvió dura, metálica—. Nadie le contará nada a nadie. Laura no sabrá lo de aquella noche ni tampoco que nació gracias a un donante. Manuel seguirá viviendo sin conocer nuestro pecado. Y estos niños crecerán creyendo que Manuel y yo somos sus padres, y que tú eres su yerno y su tío al mismo tiempo.
—Usted es un monstruo —murmuró Javier, casi sin voz, dando un paso hacia la puerta.
—Soy madre —respondió ella con una serenidad helada—. Una madre que por fin ha conseguido lo que soñó toda la vida. Dos hijos. No voy a permitir que tú, ni Laura, ni nadie destruya esta familia. ¿Me has entendido, Javi?
Él observó a aquella mujer agotada, pálida, consumida, en cuyos ojos ardía un amor desmedido y casi delirante por los dos pequeños bultos que dormían en la habitación de al lado. Y comprendió de golpe que Carmen no pensaba rendirse. Jamás.
—¿Y las pruebas? ¿El ADN? —preguntó aferrándose a una última esperanza.
—Los médicos son conocidos míos de hace años. Los papeles ya están hechos, y en ellos figura Manuel. Todo está resuelto. Solo queda un peligro: tú. Tu conciencia. Pero eres un hombre, Javier. Aguantarás. Lo soportarás.
Javier se deslizó lentamente por la pared hasta quedar en cuclillas, con la cara entre las manos. Recordó la mañana posterior a aquella noche: Laura regresando del seminario, dándole un beso en la mejilla y diciendo: «Qué bien que por fin tú y mamá hayáis hablado tranquilos. Se os veía tan a gusto en el porche». Recordó a Carmen sirviéndole café con una expresión absolutamente impenetrable. Recordó cómo, dos meses después, anunció su embarazo y lo explicó todo como un milagro, como resultado de tratamientos hormonales y de médicos capaces de lo imposible.
—¿Y si dejo a Laura? —preguntó apenas en un hilo de voz.
—Entonces le contaré que la engañaste con su madre. Y ante sus ojos no serás solo un traidor, sino un miserable que se aprovechó de una mujer mayor. Nadie creerá que ocurrió porque los dos quisimos. ¿Lo entiendes? Nadie.
Javier levantó la cabeza. Tenía los ojos llenos de lágrimas furiosas e impotentes.
—Ha destruido mi vida.
—No, Javi. Te he dado hijos. Lo que pasa es que nunca podrás llamarlos tuyos. Ahora levántate y sonríe. Laura ya viene de camino; estará aquí en diez minutos. La recibirás abajo. Con flores. Y, por lo que más quieras, sonríe.
Salió de la sala de descanso sin sentir casi las piernas. En el pasillo vacío olía a lejía y a desesperanza. Se detuvo ante la puerta de la habitación y miró hacia dentro. Una enfermera acomodaba a los bebés en las cunas, incluido el niño con la mancha bajo la oreja izquierda. Su hijo. Su sangre. Javier tocó el cristal con la punta de los dedos.
—Perdóname —susurró tan bajo que nadie pudo oírlo.
Abajo, junto a la entrada de la maternidad, un coche tocó el claxon una vez. Javier se secó los ojos, se arregló el cuello de la camisa, tomó el segundo ramo —rosas rojas para Laura— y salió al encuentro de la mujer que nunca sabría que su marido acababa de convertirse en padre de su hermano y de su hermana.
La vida seguía. Terrible, absurda, deformada, pero seguía. Y a él le tocaba aprender a existir dentro de ella: con aquel secreto, con aquella mentira, con esa mancha de nacimiento que, desde entonces, volvería a visitarlo en sueños cada noche.
