«Ya basta de quedarte en casa con el niño: mañana mismo empiezas a buscar trabajo», le exigió su marido. Lucía aceptó en silencio, pero Sergio no imaginaba en qué terminaría aquella obediencia

Sergio iba a ver a Mateo dos veces por semana. Cada vez notaba algo nuevo: un juguete que no había comprado él, un cuento que no había elegido él. Lucía lo recibía con calma, le ofrecía café, no hacía preguntas innecesarias. Y cada vez él se sentía como un invitado en una vida que antes había sido suya, y que él mismo había destruido.

Pasaron ocho meses.

Sergio estaba sentado en la cocina de Andrés. Laura había salido a ver a una amiga, y Andrés preparaba una tortilla francesa en la sartén.

—¿Has oído la noticia? —preguntó Andrés sin apartarse del fuego.

—¿Qué noticia?

—Han ascendido a tu Lucía. Ahora es subdirectora de La Brisa. Laura se enteró por alguien, todas sus amigas ya lo están comentando.

Sergio dejó el tenedor sobre la mesa.

—¿Subdirectora?

—Sí. En el mismo restaurante donde empezó detrás de la barra. En un año, de camarera de barra a subdirectora. Laura dice que incluso le han dado coche de empresa.

Sergio se apoyó en el respaldo de la silla y miró al techo.

—Tú decías que sin un hombre no aguantaría —dijo sin ira, más bien con una sonrisa amarga.

—Bueno… me equivoqué —Andrés se encogió de hombros—. Pasa. Las mujeres son distintas.

—Pasa —repitió Sergio.

Sergio apagó el móvil y lo dejó boca abajo sobre la mesa. Y permaneció mucho tiempo así, frente a un plato de tortilla que no podía tragar, en un piso ajeno, en una vida ajena que ahora era la única que le quedaba.

Lucía, aquella noche, volvió a casa, al piso de su padre, y se quedó un buen rato junto a la cama de Mateo, que ya había crecido. El niño dormía con los brazos abiertos y sonreía entre sueños. Ella se inclinó, le besó la sien y susurró:

—Lo conseguimos, cariño. Tú y yo lo conseguimos.

Y por primera vez en año y medio ya no tuvo ganas de demostrarle nada a nadie. No necesitaba justificarse, explicar, aguantar ni pedir comprensión. Había desplegado las alas, y no pensaba volver a doblarlas. Nunca.

¿Y Sergio? Sergio siguió sentado en la cocina de Andrés. Un hombre que exigió a su mujer lo imposible y al final recibió exactamente lo que merecía. Vacío. Y una tortilla fría en el plato.