Al vaciar el trastero, encontré una alfombra enrollada que mi exmarido había dejado tras el divorcio; cuando la desplegué, sentí que el mundo se me helaba por dentro

Pasaron exactamente seis meses. Alba sufrió muchísimo la marcha de su padre, pero Diego parecía haberlas borrado casi por completo de su vida. Llamaba una vez al mes, siempre por unos cinco minutos, para hacer preguntas de compromiso sobre la salud de la niña. La pensión llegaba puntual, y las cantidades eran tan altas que tampoco encajaban con el sueldo oficial de un empleado de logística como el que habían tenido durante años. Clara intentaba mantenerse a flote enterrándose en el trabajo. Aceptaba turnos extra en el salón, no porque necesitara estar todo el día de pie, sino porque regresar a casa le pesaba cada vez más.

El piso la oprimía. Estaba lleno de fantasmas domésticos: allí habían elegido juntos el papel de la pared; en aquella cocina habían discutido durante una tarde entera qué lámpara comprar; en el pasillo Diego había sujetado a Alba mientras la niña daba sus primeros pasos inseguros. Una mañana cálida de fin de semana, después de llevar a la niña con su abuela a la casa de la sierra, Clara tomó una decisión. Basta. Tenía que limpiar de una vez los restos de él, o terminaría perdiendo la cabeza.

Empezó juntando con cuidado todas las cosas que Diego había dejado atrás: camisas viejas, herramientas metidas en una caja del balcón acristalado, una ridícula colección de jarras de cerveza traídas de distintos países. Lo fue guardando todo en bolsas negras de basura. Hacia la tarde le tocó el turno al trastero. Era una habitación estrecha pero profunda, oscura, al final del pasillo, abarrotada de cajas con adornos navideños, zapatos fuera de temporada, maletas rotas y botes de cristal vacíos. Clara encendió la bombilla amarillenta del techo, estornudó por la nube de polvo que se levantó y empezó a desmontar aquel caos. Quería hacer sitio para la bicicleta de Alba y para sus materiales de trabajo. Quería que nada siguiera recordándole la vida anterior, esa vida amontonada y pesada.

Después de arrastrar al pasillo tres cajas llenas de trastos olvidados, consiguió llegar al rincón más hondo del trastero. Allí, apoyado contra la pared y aprisionado por una cómoda antigua sin cajones, había un bulto alto, envuelto en plástico negro de obra y ceñido con varias capas de cinta gris reforzada.

Clara frunció el ceño mientras se secaba el sudor de la frente. Se acercó y pasó la mano por aquel paquete extraño. Bajo el plástico, por la forma y por la rigidez de la textura, se adivinaba sin duda una alfombra. Casi dos metros de largo, pesadísima, enrollada con una presión exagerada.

De pronto le vino a la memoria una noche de hacía unos tres años. Diego había llegado tardísimo, acompañado por un amigo al que pidió ayuda para subir aquel mismo rollo. Resoplaban los dos, maldecían por el peso. Clara, medio dormida, preguntó desde la puerta: «¿Qué demonios es eso?». Diego, con los ojos encendidos y una alegría nerviosa, respondió: «¿Te imaginas? He conseguido casi regalado una alfombra persa auténtica, hecha a mano. Al jefe se le murió el abuelo y están vendiendo parte de la herencia. Ahora no pega nada con la decoración, claro, pero la guardamos en el trastero y la dejamos para cuando tengamos nuestra casa en las afueras, ¿vale?».

Aquella noche, agotada, Clara apenas se encogió de hombros. Diego se entusiasmaba a menudo con sus repentinas «oportunidades irrepetibles». El rollo terminó empujado al fondo del trastero, tapado por cajas y trastos, y ella se olvidó de su existencia durante años.

Pero ahora, ante aquel capullo oscuro cubierto de polvo, Clara sintió un escalofrío que le bajó por la columna. ¿Por qué Diego, tan meticuloso y tan agarrado antes del divorcio, no se había llevado su «alfombra persa auténtica hecha a mano», que supuestamente valía una fortuna? ¿Por qué la había dejado pudriéndose en el polvo junto con aquel piso tan valioso?

Un impulso inesperado, casi doloroso, la obligó a tirar del plástico. Clara intentó sacar el rollo al pasillo, hacia la luz. El bulto era monstruosamente pesado. Incluso ella, que era fuerte y estaba acostumbrada a cargar cajas de tintes y productos del salón, apenas pudo moverlo unos centímetros. Lo arrastró a tirones, arañando el laminado claro, respirando con dificultad, hasta llevarlo al centro del salón.

Fue a la cocina y sacó de un cajón un cúter afilado, de hoja ancha. No entendía por qué el corazón le golpeaba tan fuerte en la garganta ni por qué las palmas se le habían humedecido. Se arrodilló frente al cilindro negro de plástico y realizó el primer corte profundo. El envoltorio crujió en seco al abrirse bajo la cuchilla. Enseguida la alcanzó un olor raro y desagradable: polvo viejo, naftalina y un leve matiz metálico.

Clara fue abriendo las capas de cinta con una violencia metódica, arrancándolas en tiras largas. Tardó casi diez minutos en liberar por completo la tela. Sí, era una alfombra antigua y hermosa: densa, pesada, con un pelo áspero de color burdeos profundo y un dibujo dorado, intrincado, casi hipnótico. Pero su belleza no le importó en absoluto. El centro del rollo, todavía apretado, sobresalía de un modo extraño, deformando la silueta, como si dentro hubiera un núcleo duro.