Apoyó las manos sobre el pelo burdeos y empujó con todas sus fuerzas, desenrollando la alfombra sobre el suelo.
Se abrió con un golpe sordo y pesado, dejando al descubierto aquello que había ocultado durante años. Clara retrocedió de un salto, soltó un gemido de terror y se golpeó la espalda contra la pata del sofá. No podía creer lo que veía. El salón pareció moverse a su alrededor, como si el aire se hubiera vuelto líquido, y en sus oídos empezó a sonar un pitido fino, insoportable.
… dentro de la alfombra había un cuerpo humano.
Clara no gritó. El sonido desapareció, como si alguien hubiera apagado el mundo entero dentro de la habitación. Se quedó sentada en el suelo, con los omóplatos hundidos contra el sofá, mirando lo que tenía delante. La alfombra ni siquiera se había abierto del todo, porque había chocado con el mueble del televisor, pero bastaba para ver una mano seca y arrugada que sobresalía entre los pliegues de la tela pesada. Los dedos parecían raíces de un árbol viejo, torcidos de forma antinatural, con las uñas rotas. Parte de la muñeca estaba cubierta por algo grisáceo y marrón, parecido a piel reseca de muchos años.
El olor que al principio Clara había confundido con metal se volvió de pronto espantosamente claro. No era óxido. Era descomposición. Un olor antiguo, incrustado en las fibras, atenuado por el tiempo y por aquel embalaje apretado.
—Esto no puede estar pasando —susurró sin voz, moviendo apenas los labios.
Pero el cuerpo seguía allí. Había estado allí, dentro de su trastero, mientras ellos desayunaban en la cocina, mientras Alba aprendía a montar en bicicleta, mientras Diego le decía «vive tranquila». Tres años. Tres malditos años aquel rollo había permanecido a dos metros de las cajas de adornos navideños con las que ella y su hija montaban el árbol.
Clara recordó entonces al amigo que había ayudado a Diego a subir la alfombra. ¿Qué amigo era? Empezó a repasar nombres con una urgencia febril. Un hombre joven, tal vez Iván. Sí, quizá Iván, el mismo que poco después dejó el trabajo de forma inesperada y se marchó a otra ciudad tras aquel invierno. Desapareció de las redes, dejó de contestar llamadas. Diego comentó entonces: «Se ha cansado de este sector, ahora hace rutas de camión». Clara no le dio importancia.
Ahora todas las piezas empezaban a encajar en una imagen monstruosa.
Se obligó a levantarse. Le temblaban las piernas, pero una curiosidad más fuerte que el miedo la empujó hacia adelante. Clara rodeó la alfombra por el otro lado, buscó el borde de la tela y, cerrando los ojos con fuerza, tiró de golpe hacia sí.
La alfombra terminó de abrirse.
Sobre el pelo, manchado por zonas oscuras y marrones, yacía un hombre. Llevaba un traje caro de color azul marino que en otro tiempo debió de ser chaqueta y pantalón, aunque la tela estaba podrida en algunas partes y parecía haberse pegado al cuerpo. La cara… Clara tuvo que contener una arcada. Apenas quedaba rostro: solo un cráneo cubierto por una piel seca, como pergamino, cuencas hundidas y una mueca rígida donde brillaba un diente de oro en la mandíbula superior. El pelo, rojizo, largo y enredado, caía sobre los hombros.
Rojizo. Diego tenía el pelo castaño. El cabello de aquel hombre era de otro tono por completo. Y el cuerpo tampoco coincidía: hombros más anchos, estatura mayor.
No era Diego.
Como si estuviera hipnotizada, Clara se arrodilló junto a la alfombra. Tenía las manos temblando, pero aun así llevó los dedos al bolsillo interior de la chaqueta. Al tocarlo, la tela y lo que había debajo cedieron de una manera blanda y repugnante. Notó algo duro. Una cartera de cuero. La sacó con esfuerzo y la abrió.
Dentro había un permiso de conducir. La fotografía, por supuesto, ya no podía parecerse a lo que quedaba de aquel hombre, pero el nombre se leía con claridad.
Javier Ortega Morales. Nacido en 1978.
Clara no había conocido jamás a ningún Javier Ortega Morales. Pero en ese mismo instante recordó otra cosa: tres años y medio atrás, cuando Diego y ella estaban visitando pisos, la agente inmobiliaria había comentado de pasada que el anterior propietario era un empresario que había vendido la vivienda de repente y se había marchado al extranjero. «Dicen que le empezó a ir muy bien y se mudó a Andorra», había dicho aquella mujer parlanchina.
Ahora Clara entendía exactamente a quién le habían empezado a ir bien las cosas. Y quién se había «mudado a Andorra» de verdad.
Diego, su marido tranquilo, ordenado, aquel gestor de logística que doblaba las facturas y guardaba los tickets, había matado a un hombre. Se había quedado con su piso, quizá con su dinero, quizá con documentos. Aunque no, Diego seguía siendo Diego: tenía su propio DNI, su número de la Seguridad Social, su NIF. Entonces, ¿había aprovechado la desaparición del dueño de la vivienda para enriquecerse? ¿O aquel Javier era un socio, un cómplice, alguien a quien después decidieron quitar de en medio?
