—¿Te dijo él que esta casa pertenece a su esposa? —preguntó Isabel con serenidad.
Laura palideció y miró a Javier.
Él soltó un suspiro irritado.
—Ya basta, Isa. No montes una escena ahora.
—¿Una escena? —por primera vez, en la voz de ella sonó acero—. Has traído a tu amante a mi casa y encima me hablas de escenas.
Javier movió el hombro con un gesto nervioso.
—Estoy cansado de esta doble vida. Todo venía hacia aquí desde hace mucho.
—¿Desde hace mucho? —Isabel esbozó una sonrisa torcida—. Y yo, fíjate, sin ver nada. Veinte años viviendo al lado de una persona y no me di cuenta del momento en que se volvió un extraño.
Se acercó a la ventana. Al otro lado del cristal se oscurecía el jardín que ella había cuidado durante tantos años con sus propias manos. Los manzanos estaban a punto de florecer. El viento de la tarde movía despacio las ramas de las lilas.
Hubo un tiempo en que Javier también la ayudaba allí. Durante los primeros años pintaban juntos la valla, preparaban carne en la parrilla y se reían hasta entrada la noche. Isabel recordó de repente, con una nitidez dolorosa, aquella vez en que se sentaron sobre la hierba mojada, bajo la lluvia, y comieron fresas directamente del huerto.
¿También aquello había sido mentira?
—No quería hacerte daño —dijo Javier en voz baja.
Isabel se giró con brusquedad.
—Entonces, ¿por qué me lo hiciste?
Él guardó silencio unos segundos, luego se dejó caer en una silla y dijo con voz apagada:
—Porque con ella vuelvo a sentirme vivo.
Esas palabras hirieron más que la infidelidad misma.
Isabel notó que algo pesado y ardiente le subía por el pecho. No eran lágrimas. Era humillación.
—Entonces, ¿a mi lado estabas muerto?
—Tú vivías siempre pendiente de esta casa, del trabajo, de tus informes… Hace mucho que somos solo dos vecinos.
—¡No te atrevas a cargarme esto a mí! —gritó ella por primera vez—. ¡Yo estuve a tu lado toda la vida! Cuando perdiste el empleo, ¿quién nos sostuvo? Cuando llegaron las deudas, ¿quién pidió los créditos? ¿Quién?
Laura salió en silencio al porche, dejándolos solos.
Javier se frotó la frente con las dos manos, agotado.
—No quiero pelear.
—Claro. Porque ya decidiste por los dos.
Isabel sintió de pronto un cansancio terrible, como si en una sola tarde hubiera envejecido diez años.
Se quitó despacio la chaqueta, dejó las llaves sobre la mesa y dijo con calma:
—Está bien. Entonces se van ustedes.
Javier levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Esta casa es mía. Mía. No voy a venderla. Y tampoco van a construir aquí su nueva vida feliz.
Él se puso de pie.
—Isabel, no empieces con histerias.
—Histeria sería que ahora mismo te rompiera esta vasija en la cabeza —respondió ella con frialdad.
Por un segundo, Javier se asustó de verdad.
La casa volvió a quedar atrapada en un silencio pesado.
Entonces, desde fuera, se oyó el golpe seco de la cancela.
Laura había desaparecido.
Javier salió corriendo al patio.
Isabel se quedó sola.
Se sentó lentamente en una silla y solo entonces vio sobre la mesa un teléfono que no era suyo.
El teléfono de Laura.
La pantalla se iluminó de repente.
Y el mensaje que apareció allí le heló los dedos a Isabel:
«¿Todavía no le ha contado lo del niño?»
Isabel permaneció mucho rato mirando aquella pantalla encendida, incapaz siquiera de moverse. Esas palabras la atravesaron como una hoja al rojo vivo.
«¿Todavía no le ha contado lo del niño?»
En la casa reinaba un silencio tan profundo que se oía el tic tac regular del viejo reloj de pared. El mismo que Javier y ella habían encontrado diez años atrás en el rastro. Entonces él se había reído diciendo que los objetos con pasado llenaban de alma una casa.
Ahora esa casa parecía de otra persona.
Fuera se oyó cerrarse la puerta de un coche. Javier regresó solo. Al parecer Laura se había marchado, sin querer seguir siendo parte de aquella conversación.
Entró en la habitación y vio de inmediato el teléfono en las manos de su esposa.
Su rostro cambió.
—No toques las cosas de otros —dijo con dureza.
Isabel levantó los ojos hacia él lentamente.
—¿El niño?
Javier se quedó inmóvil.
Y esa respuesta fue suficiente.
Isabel sintió que dentro de ella todo terminaba de venirse abajo. No de forma ruidosa, no con gritos ni escenas, sino en silencio, con horror, sin posibilidad de vuelta atrás.
—¿Vas a tener un hijo? —preguntó casi en un susurro.
Él se sentó frente a ella, como si de pronto ya no pudiera sostenerse.
—Sí.
Una sola palabra.
Breve.
Pero esa palabra partió su vida en un antes y un después.
Isabel se echó a reír de pronto. Una risa baja, nerviosa, casi desquiciada.
—Qué ironía tan cruel… Veinte años sin poder ser padres. Yo tratándome, llorando por las noches, yendo de médico en médico… Y resulta que no era cosa del destino.
Javier apartó los ojos bruscamente.
Y en ese instante Isabel lo entendió todo.
—Espera… —se le quebró la voz—. ¿Tú lo sabías?
Silencio.
Pesado.
Devastador.
—Javier… ¿Sabías que no podías tener hijos?
Él se cubrió el rostro con las manos.
—No quería perderte.
