**Tras casarse por un acuerdo empresarial entre sus padres, a Jason y Aria no les quedó más remedio que conocerse a toda prisa. A los pocos meses ya esperaban a su primer hijo. Pero ahora que Lily tiene siete meses, Aria empieza a preguntarse si Jason es realmente feliz…**
No debería haber escuchado a escondidas. Pero quizá estaba destinado a que lo hiciera.
Las reuniones familiares tienen algo que siempre se siente conocido: cálido, caótico, tranquilizador.

**El día de hoy no era distinto a los anteriores.**
Nuestra hija Lily acababa de cumplir siete meses y, cada vez que íbamos a casa de los padres de Jason, ella se convertía en el centro de todo. La madre de Jason no se despegaba de la niña, y tías y tíos se turnaban para arrullarla y hacerle mimos.
Yo estaba sentada en el sofá, cerca de la entrada, observándolos mientras una sensación de plenitud me iba llenando por dentro.

—Es tan preciosa, Aria —comentó la tía de Jason—. ¡Mira esos ojos!
Le sonreí, pensando en lo diferente que habría sido todo si la familia de Jason no nos hubiera aceptado tal como somos.
Jason estaba en la cocina con su madre, ayudando con la cena y preparando todo para la parrilla del jardín. En esos momentos siempre parecía completamente relajado, encajando sin esfuerzo en el papel de hijo atento, esposo cariñoso y padre entregado.

No siempre fue así. Al menos no al principio.
Nos casamos muy jóvenes. Yo tenía solo veinte años y Jason acababa de cumplir veintiuno. Nuestro matrimonio fue arreglado por nuestros padres para consolidar un negocio entre las dos familias.
Al principio odiaba todo aquello. Nos habían dado apenas dos meses para conocernos antes de la boda.

No estaba segura de que el amor pudiera surgir en tan poco tiempo. Y menos entre dos personas que prácticamente eran desconocidas.
Pero lo intentamos.
Y día tras día íbamos descubriendo las manías del otro, construyendo confianza y empezando a levantar una vida en común.

—Sé que lo nuestro empezó por nuestros padres, Ari —me dijo Jason una vez, mientras comíamos helado juntos—. Pero los dos hemos decidido que esto es para siempre, ¿verdad?
—Sí —respondí, echando más salsa de chocolate sobre mi helado.
—Podemos ser felices, Aria —añadió, quitando la cereza de encima del mío.

A partir de ahí todo ocurrió muy deprisa. Nos casamos en el viñedo de mi padre y, pocos meses después de la boda, me enteré de que estaba embarazada de Lily.
La noticia nos tomó por sorpresa y los dos dudamos de si debíamos seguir adelante con el embarazo.
—¿Qué quieres hacer? —me preguntó una mañana, mientras yo seguía mirando el test de embarazo.

—Quedárnosla. Siento que será una niña —dije.
Y así quedó decidido.
Ninguno de los dos estaba preparado, pero Jason estuvo a la altura de una forma que nunca habría imaginado. Cuando el trato entre nuestros padres se cerró, los míos se mudaron a otro estado, dejándome aquí, casada y a punto de ser madre, lejos de ellos.

En lugar de alejarse, Jason habló con sus padres y decidió tomarse un año sabático en la empresa de su padre para poder apoyarme.
Desde entonces estuvo a mi lado en cada ataque de náuseas, en cada visita al médico y en cada noche sin dormir.
Me apoyaba en él, aunque en el fondo me preguntaba si alguna vez sentía el peso de todo aquello. Jason era bueno en muchas cosas, pero no precisamente en mostrar sus emociones. Rara vez hablaba de lo que sentía o de lo que significaba para él esta nueva vida compartida.

Pero aquel día, rodeada del bullicio de la familia, no podía dejar de pensar en lo lejos que habíamos llegado.
Me levanté y, en silencio, me dirigí al pasillo con la intención de ver qué hacían Jason y Salma, mi suegra, en la cocina.
A mitad de camino oí su voz.
Me detuve, sin querer interrumpirlo. Había algo en su tono que nunca le había escuchado antes.

—No sé qué haría sin Aria y Lily, mamá —dijo Jason en voz baja.
Me quedé clavada en el sitio, con el corazón desbocado. No tenía intención de escuchar a escondidas, pero la forma en que pronunció mi nombre me dejó atrapada.
Su voz bajó aún más.

—Ella cambió mi vida, mamá. Antes solo me interesaban las fiestas y salir en el yate. Y ahora… ahora me despierto cada día pensando en la suerte que tengo. Nunca imaginé poder ser tan feliz.
Me quedé pegada a la pared del arco de la cocina, esforzándome por no perder ni una palabra. Mi mente iba a mil mientras intentaba asimilar la profundidad de lo que estaba diciendo.
Jason nunca ha sido de los que llevan el corazón en la mano. Y, siendo sincera, había empezado a preguntarme si nuestra pequeña vida juntos era suficiente para él.

Pasamos de ser extraños a esposos y padres en menos de un año. Todo fue a contrarreloj. Por eso dudaba de si sus sentimientos hacia mí eran realmente auténticos.
Pero ahora, después de escucharlo…
Ya no me sentía tan insegura.
—Sin ella no sería ni la mitad de quien soy —añadió.

Hubo una pausa y escuché el golpeteo del cuchillo contra la tabla de cortar.
—Es maravilloso, cariño —respondió Salma—. Me alegra que te sientas así. Cuando tu padre y el de Aria llegaron a aquel acuerdo, yo no estaba nada convencida por vuestra edad. Pensé que los estábamos empujando directamente al divorcio, o como mínimo al fracaso. Pero habéis sabido encontraros y habéis creado algo precioso.
—No se lo digo a Aria lo suficiente, pero ella lo es todo para mí. Y Lily… ¡Dios mío! Esa pequeñita me ha enseñado una forma de amar que nunca creí posible.

—Eso es el amor de padres, hijo —dijo Salma—. Y también la calma que se siente cuando sabes que tu relación es un lugar seguro.
Las lágrimas me nublaron la vista y me llevé la mano a la boca para contener los sollozos que amenazaban con salir.
Jason no tenía ni idea de que yo estaba allí, escuchando la confesión más hermosa que había oído nunca. Quería entrar en la cocina, abrazarlo y decirle cuánto significaban para mí sus palabras.

Pero me quedé quieta, abrumada por todo lo que acababa de oír.
Al cabo de unos minutos salí al jardín para reunirme con el resto de la familia, que jugaba con Lily.
Me senté, fingiendo que todo era normal. Lo era, pero también era muchísimo mejor. El mundo parecía más luminoso.

Me había preocupado tanto por nuestro futuro, por si realmente teníamos uno. Éramos jóvenes, lo sabía. Y una parte de mí siempre había pensado que estábamos condenados desde el principio.
Siempre supe que le importábamos, pero no imaginaba que lo sintiera con tanta intensidad.
¿Cómo no me había dado cuenta?
¿Me habría perdido demasiado en mi papel de madre de Lily, al punto de dejar de ver a Jason?

Esa noche, cuando volvimos a casa y acostamos a Lily, entre nosotros se instaló un silencio pesado. Jason se sentó a mi lado en el sofá, con la mano apoyada en mi rodilla, terminándose el postre que habíamos traído de casa de sus padres.
—Has estado muy callada —dijo con suavidad—. ¿En qué piensas?
Me mordí el labio, sin saber por dónde empezar.

Quería contarle todo lo que había escuchado, pero no sabía cómo reaccionaría Jason.
Al final inspiré hondo.
—Hoy te escuché… cuando estabas en la cocina con mamá —admití.
Los ojos de Jason se abrieron un segundo y luego bajó la mirada.

—¿Qué oíste? —preguntó.
—Dijiste… dijiste que sin mí no serías quien eres ahora. Que soy todo para ti.
—¿Escuchaste eso? —murmuró, casi sin aire.
Asentí.
—Solo iba a ver si necesitabais ayuda. Lily estaba con los demás. Jason, no tenía ni idea. Sabía que me querías, pero oírte decir todo eso…
Le conté cómo me había quedado parada en el pasillo, incapaz de moverme.

—Aria, lo digo completamente en serio —susurró—. Sé que no lo digo tanto como debería. Pero es la verdad, Aria. Me has hecho mejor persona, y no puedo imaginar mi vida sin ti. Sin Lily. Sois mi todo.
Al día siguiente quise mostrarle cuánto significaban para mí sus palabras. Pasé gran parte del día preparando su plato favorito y decoré la casa con velas y pequeñas notas donde escribí todo lo que adoro de él.
Cuando Jason entró en casa aquella tarde, su rostro se iluminó al verlo todo.

—¿Qué es todo esto? —preguntó, sonriendo.
—Es mi manera de darte las gracias —respondí—. Por todo.
Acostamos a Lily y disfrutamos de nuestra cena romántica. En ese momento comprendí que, fuera o no un matrimonio concertado, éramos felices. Y nos queríamos.
Y lo logramos.
**¿Y tú qué habrías hecho?**

