Porque significaba que ya se sentía dueña de aquel lugar.
—¿Te dijo que esta casa pertenece a su esposa? —preguntó Carmen con serenidad.
Lucía palideció y miró a Javier.
Él soltó un suspiro irritado.
—Ya está, Carmen. No montes una escena ahora.
—¿Una escena? —por primera vez, su voz tuvo filo de acero—. Traes a tu amante a mi casa y encima me hablas de escenas.
Javier movió un hombro con nerviosismo.
—Estoy cansado de esta doble vida. Esto venía pasando desde hace mucho.
—¿Desde hace mucho? —Carmen sonrió torcido—. Pues fíjate, yo no lo veía. Viví veinte años al lado de un hombre y no me di cuenta de cuándo empezó a ser un extraño.
Se acercó a la ventana. Detrás del cristal oscurecía el jardín que ella había cuidado durante tantos años con sus propias manos. Los manzanos estaban a punto de florecer. La brisa de la tarde agitaba suavemente las ramas de las lilas.
Hubo un tiempo en que Javier la ayudaba allí. En los primeros años pintaban juntos la valla, preparaban carne en la barbacoa y se reían hasta bien entrada la noche. Carmen recordó con una claridad dolorosa una tarde en que terminaron sentados sobre la hierba mojada, bajo la lluvia, comiendo fresas directamente del huerto.
¿También aquello había sido una mentira?
—No quería hacerte daño —dijo Javier en voz baja.
Carmen se giró bruscamente.
—Entonces, ¿por qué me lo hiciste?
Él calló unos segundos. Luego se sentó en una silla y dijo con voz apagada:
—Porque a su lado vuelvo a sentirme vivo.
Aquella frase la hirió más que la infidelidad misma.
Carmen sintió que algo pesado y ardiente le subía por el pecho. No eran lágrimas. Era humillación.
—¿Entonces conmigo estabas muerto?
—Tú vivías para esta casa, para el trabajo, para tus informes… Hace mucho que somos como vecinos.
—¡No te atrevas a cargarme esto a mí! —gritó ella por primera vez—. ¡Yo estuve a tu lado toda la vida! Cuando perdiste el empleo, ¿quién nos sacó adelante? Cuando llegaron las deudas, ¿quién firmó los préstamos? ¿Quién, Javier?
Lucía salió en silencio al porche y los dejó solos.
Javier se frotó la frente con ambas manos, agotado.
—No quiero pelear.
—Claro. Porque ya decidiste por los dos.
De pronto Carmen sintió un cansancio terrible, como si en una sola tarde hubiera envejecido diez años.
Se quitó lentamente la chaqueta, dejó las llaves sobre la mesa y dijo con una tranquilidad helada:
—Está bien. Entonces se van ustedes.
Javier levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Esta casa es mía. Mía. No voy a venderla. Y tampoco van a construir aquí su nueva vida feliz.
Él se puso de pie.
—Carmen, no empecemos con histerias.
—Histeria sería que ahora mismo te rompiera esta lámpara en la cabeza —respondió ella con frialdad.
Por un segundo, Javier realmente pareció tener miedo.
La casa volvió a llenarse de un silencio espeso.
Luego, desde fuera, se oyó el golpe seco de la cancela.
Lucía se había marchado.
Javier salió corriendo al patio.
Carmen se quedó sola.
Se sentó despacio en una silla y solo entonces vio un teléfono que no era suyo sobre la mesa.
El teléfono de Lucía.
La pantalla se iluminó de pronto.
Y el mensaje que apareció hizo que los dedos de Carmen se quedaran helados:
«¿Todavía no le ha contado lo del bebé?»
Carmen permaneció largo rato mirando aquella pantalla encendida, incapaz siquiera de moverse. Las palabras la atravesaron como una hoja al rojo vivo.
«¿Todavía no le ha contado lo del bebé?»
En la casa había tanto silencio que se oía el tictac regular del viejo reloj de pared. El mismo que ella y Javier habían encontrado diez años atrás en un mercadillo de antigüedades. Entonces él se había reído y le había dicho que las cosas con pasado llenaban de alma una casa.
Ahora aquella casa le parecía ajena.
Fuera sonó la puerta de un coche. Javier regresó solo. Al parecer, Lucía se había ido, sin querer seguir formando parte de aquella conversación.
Entró en la habitación y vio de inmediato el teléfono en las manos de su esposa.
Su rostro cambió.
—No toques las cosas de los demás —dijo con dureza.
Carmen levantó despacio la mirada hacia él.
—¿Un bebé?
Javier se quedó inmóvil.
Y aquella reacción bastó como respuesta.
Carmen sintió que dentro de ella terminaba de derrumbarse todo. No de una forma ruidosa, ni con gritos, ni con una escena. Fue un hundimiento callado, espantoso, definitivo.
—¿Vas a tener un hijo? —preguntó casi en un susurro.
Él se dejó caer en la silla de enfrente, como si ya no tuviera fuerzas.
—Sí.
Una sola palabra.
Breve.
Pero con ella la vida de Carmen quedó dividida en un antes y un después.
De pronto se echó a reír. Una risa baja, nerviosa, casi desquiciada.
—Qué ironía tan cruel… Veinte años sin poder ser padres. Yo tratándome, llorando de noche, yendo de médico en médico… Y resulta que no era cosa del destino.
Javier apartó la mirada de golpe.
En ese instante, Carmen entendió algo más.
—Espera… —la voz se le quebró—. ¿Tú lo sabías?
Silencio.
Pesado.
Devastador.
—Javier… ¿Sabías que no podías tener hijos?
Él se cubrió el rostro con las manos.
—No quería perderte.
