Me llamo Isabel. Soy esa mujer que un día traicionó a su marido por un árabe encantador, se dejó envolver por una hermosa fantasía de Dubái y decidió quedarse cerca de un hombre al que apenas había visto unas cuantas veces. Visto desde fuera, parece una locura. Pero en aquel momento yo estaba convencida de que, por primera vez en mi vida, no elegía el deber, ni la costumbre, ni el miedo. Elegía el amor.
A veces la vida se parece a una olla enorme de guiso espeso: hierve, borbotea, suelta vapor, pero el sabor sigue siendo el mismo día tras día. Yo tenía cuarenta y ocho años. Trabajaba como cocinera en el comedor de una escuela, y el olor de las lentejas, del arroz hervido, del aceite caliente y del griterío de los niños se me había metido tan hondo en la piel que hasta por las noches parecía perseguirme.
Mis mañanas empezaban siempre igual. Me levantaba a las cinco y media, me recogía el pelo, revisaba los fogones, ponía agua para el desayuno, sacaba ollas gigantes, cuchillos, cebollas, zanahorias. Mis manos olían a cocina desde hacía años, y dentro de mí se había instalado algo silencioso, algo sin nombre, como una vida que nunca llegó a cumplirse. Mi marido, Antonio, era camionero.
Aparecía en casa pocas veces: dos días, a veces una semana, y volvía a marcharse. Olía a gasoil, a carretera y a un cansancio pesado, como una chaqueta empapada. Casi habíamos dejado de hablar. Todo se volvió seco, mecánico, como si siguiéramos instrucciones: llegó, comió, se acostó, se durmió. A veces me sorprendía pensando algo terrible: ya no esperaba su regreso, sino el día en que volviera a salir de ruta, para no tener que mirar aquel vacío en sus ojos.
Dicen que la costumbre se convierte en una segunda piel. Pero ¿qué se hace cuando la costumbre de una es la soledad?
Los hijos ya eran mayores. Mi hijo se había ido a Buenos Aires, mi hija vivía en Córdoba. Llamaban poco. Cada uno tenía su vida, sus preocupaciones, sus cuentas, sus planes. Yo me sentía cada vez más de sobra: para ellos, para mi marido, incluso para mí misma.
Lo único que me sostenía era la escuela. Allí había ruido, carreras, chicos que me llamaban doña Isabel y sonreían cuando les servía un poco más. A veces, mientras fregaba una bandeja enorme, imaginaba que con la grasa y las migas quemadas también me quitaba de encima los años desperdiciados. Pero el agua se iba por el desagüe, y mi vida seguía igual.
Después del turno volvía a casa por una calle angosta, entre cercas torcidas y casas bajas. Me esperaban una alfombra vieja en la pared, la televisión hablando de precios y desgracias, una tetera y el silencio. Preparaba mate cocido, me sentaba junto a la ventana y miraba cómo la nieve gris cubría los techos. Y una tarde, dentro de mí, se levantó un deseo pequeño y terco: irme. A cualquier parte. Al otro lado del mundo, si hacía falta. A un sitio donde nadie supiera quién era.
A veces agarraba el teléfono y miraba fotos hermosas. Mar, palmeras, playas, rascacielos, ciudades brillantes. Lo que más me atraía era Dubái: reluciente, imposible, como si lo hubieran dibujado. Nunca había salido del país. Ni siquiera había descansado de verdad en la costa. Pero aquellas luces en la pantalla parecían llamarme: ven, aquí se puede empezar de nuevo.
Saqué una lata vieja de galletas donde llevaba años guardando dinero de a poco. Un billete, dos, alguna suma mayor después de un aguinaldo. Cuando conté todo, descubrí que casi alcanzaba.
Me quedé sentada frente a ese dinero sin poder moverme. Podía hacer falta para arreglarme los dientes, para reparar la casa, para una emergencia. Pero por primera vez en muchos años no temblaba de miedo, sino de esperanza. Estuve mucho rato callada. Luego fui a la cocina, me serví té y dije apenas en voz alta:
—Isabel, ahora o nunca.
Cuando Antonio llamó desde la ruta, hablé como siempre: de la escuela, del frío, del vecino que había dejado la camioneta atravesada. No le dije ni una palabra de que al día siguiente iría a una agencia de viajes. No lo habría entendido. Él también vivía desde hacía años como dentro de la cabina de su camión: ruta, carga, estación de servicio, casa. Y yo, de pronto, había decidido salirme de ese camino.
La agencia olía a café y a papel recién impreso. Una chica joven, con lápiz labial rojo, me sonrió.
—¿Quiere algo tranquilo o algo con aventura?
Me quedé desconcertada.
—Creo que con aventura —respondí, y yo misma me sorprendí.
Esa noche saqué la valija. Era vieja, gastada, de cuando viajábamos con los chicos a visitar parientes. Busqué vestidos que no me ponía desde hacía años. Uno azul, otro con flores. Me los probé y me quedé un buen rato frente al espejo. Me miraba una mujer cansada. Pero no muerta. Viva. Una mujer que alguna vez había sabido soñar.
Casi no dormí. El viento golpeaba la ventana, el reloj avanzaba lento, como si quisiera alargar la noche. En mi cabeza giraban las preguntas: “¿Y si Antonio se entera? ¿Y si algo sale mal? ¿Y si me arrepiento?” Pero la inquietud se mezclaba con la sensación de algo inmenso. Como si una puerta que había estado cerrada toda mi vida por fin se hubiera entreabierto.
