Ese día no fui a la playa ni desayuné. La cabeza me zumbaba, el cuerpo me dolía. Dentro de mí golpeaba una sola idea: ¿y si de verdad sale bien?
“Isabel, estoy contigo —llegó otro mensaje—. Sin ti no tengo oportunidad. Eres mi destino”.
Nadir llamó casi enseguida.
—¡Todo salió! Estamos salvados. No imaginas lo que hiciste.
Sonreí, pero algo se rompió dentro.
—¿Cuándo devolverás el dinero? —pregunté en voz baja.
—En una semana. Dos como máximo. Sabes que no te fallaré.
Hablaba con la misma seguridad de siempre. Solo que ahora en esa seguridad había algo frío.
Esa noche caminé por el paseo marítimo. El mar estaba tranquilo, la luna colgaba baja. La gente reía, se tomaba fotos, y yo avanzaba como bajo el agua. En la cabeza me golpeaba una palabra: “Vendí”.
El camión enorme. La máquina que Antonio amaba más que a su propio descanso. El camión con el que mantenía a la familia. Estaba a mi nombre por trámites e impuestos. Recordé cuando me entregó los papeles y dijo: “Tú eres de fiar”.
De fiar.
Me senté en un banco y me cubrí la cara con las manos. Quería gritar, pero del pecho solo salió un susurro. Me convencía de que no era en vano, de que Nadir no me engañaría. Él no era así. No podía ser.
El teléfono sonó.
—Todo va según lo previsto —dijo él—. El dinero ya está en movimiento. En unos días iré. Lo celebraremos.
Su voz volvió a sonar como música. Y le creí. Al menos hasta la mañana.
Pero la mañana llegó sin él. El día pasó en silencio. Luego otro. El teléfono callaba. Yo escribía: “¿Dónde estás? ¿Qué pasa con el dinero?” Como respuesta, una sola marca gris.
Al tercer día entendí. Había desaparecido.
Estaba sentada en el suelo entre la valija y los papeles. Pasaporte, documentos, cuenta vacía. Todo parecía irreal. Nadir se había esfumado, y con él ocho millones. Ocho millones que no eran míos.
Miré su último mensaje: “Eres mi destino”. Y por primera vez comprendí que el destino existe de verdad. Solo que a veces no es regalo, sino condena.
Pasaron tres días. Luego cuatro. Luego una semana. El teléfono seguía callado. Escribía por la mañana y por la noche, apretándolo entre las manos como si el dolor pudiera atravesar el plástico.
“Nadir, contesta. ¿Dónde estás? Prometiste volver. Por favor, escribe una palabra”.
Los mensajes quedaban grises, como ceniza.
Al principio no lo creía. Pensé que estaba enfermo. Que se le había roto el teléfono. Que había viajado por una urgencia. Pero después la intuición —esa intuición femenina, exacta y cruel— susurró: no está. No murió. No desapareció por accidente. Simplemente te borró como un número inútil.
Fui al restaurante donde habíamos cenado. El camarero no recordaba a ningún Nadir. Llamé a la oficina notarial: el número no existía. Escribí al correo desde donde habían llegado los documentos. El mensaje volvió con una notificación: dirección inexistente.
Y entonces todo se derrumbó.
Me quedé sentada en la cama del hotel entre valijas. Afuera brillaban las luces, sonaba música, la gente reía. Dentro de mí solo había silencio, vacío y oscuridad.
Abrí sus fotos. En cada imagen estaban sus ojos, su sonrisa, sus manos, el mar detrás. Todo parecía verdadero. Vivo. Pero ahora esos ojos se veían ajenos, sin fondo, como un pozo.
Las lágrimas cayeron solas. Lloré fuerte, sin vergüenza, como una niña. Nadie me oyó. A nadie le importaba.
Al día siguiente llegó un correo del banco: “Los fondos de su cuenta han sido transferidos en su totalidad. Confirmación de la operación adjunta”.
Abrí el archivo y vi la cifra: ocho millones. Sentí que el corazón se detenía. Leí una y otra vez. Y solo entonces entendí por completo: la operación había pasado. El camión estaba vendido. El dinero se había ido.
Me movía por la habitación como dentro de una jaula. Quería llamar a Antonio, pero no pude. ¿Qué iba a decir? “Perdóname, vendí tu vida por palabras bonitas”.
No podía respirar.
Por la noche bajé a recepción.
—¿Conoce a Nadir? —pregunté.
La chica del pañuelo me miró sorprendida.
—¿Número de habitación?
No lo sabía. Nunca supe dónde vivía. Siempre venía a verme. Siempre él.
Y en ese instante todo quedó claro.
Salí a la calle. El aire era caliente, olía a polvo y gasolina. La gente pasaba a mi lado: bronceada, feliz, apurada. Yo estaba sola en medio de una ciudad extraña, donde nadie sabía que acababa de perderlo todo.
Mis piernas me llevaron al mar. Me senté directamente sobre la arena. Las olas llegaron hasta mis pies como si susurraran: “Tú elegiste este camino”.
Lloré hasta el amanecer. La arena se pegó a la cara, al pelo, a las lágrimas. Cuando salió el sol, regresé al hotel y compré el primer pasaje de vuelta.
Antes de irme abrí la valija y encontré el amuleto. La piedra verde contra el mal de ojo. La sostuve en la mano hasta que el frío se transformó en rabia. Luego salí al balcón y la lancé con todas mis fuerzas. Golpeó una losa de piedra y se partió en tres.
—Ahí tienes, Nadir —susurré—. Ahí está tu suerte.
Después cerré la valija y fui al aeropuerto.
