«¡PAPÁ, ESOS NIÑOS EN LA BASURA SE PARECEN A MÍ!» — UN NIÑO DEJÓ SIN PALABRAS A UN MILLONARIO…

—¿Cómo se llaman? —preguntó Pedro con inocencia infantil, sentándose en la acera sucia sin preocuparse por su caro uniforme escolar.
—Yo soy Lucas —respondió el niño de cabello claro, relajándose un poco al darse cuenta de que aquel chico de su misma edad no suponía una amenaza, a diferencia de los adultos que solían echarlos. —Y este es Mateo, mi hermano pequeño —añadió, acariciando con cariño el hombro del niño moreno.

El mundo de Eduardo comenzó a dar vueltas con más fuerza; sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies.

A Eduardo se le cortó la respiración. Permaneció inmóvil, mirando a los tres niños, tan parecidos entre sí que parecían tres reflejos del mismo niño en mundos diferentes. Las ideas se atropellaban en su mente, pero en el fondo del corazón empezaba a formarse una sospecha pesada.

—Lucas… Mateo… —susurró, más para sí mismo que para ellos. Aquellos nombres le sonaron extrañamente familiares, como la melodía antigua de una canción casi olvidada.

Se volvió hacia su hijo.
—Pedro, vamos al coche, ¿sí? —dijo en voz baja, aunque le temblaba la voz.

Sin embargo, el niño no se movió. Miraba fijamente a los dos pequeños, en cuyos rostros aún se adivinaban rastros de lágrimas secas.
—Señor… —dijo de pronto Lucas, con timidez pero con firmeza—. ¿No sabe dónde está mamá?

Eduardo se quedó helado.
—¿Mamá? ¿Qué mamá?

—La mamá Ana. Ella siempre decía que si algún día veíamos a un hombre con ojos verdes y el reloj en la mano izquierda, él nos iba a ayudar.

La sangre se le heló en las venas. Ana… el nombre de su esposa. La madre de Pedro. Pero Ana había muerto durante el parto, cinco años atrás. Al menos, eso fue lo que le dijeron en el hospital.

Dio un paso hacia adelante, respirando con dificultad. Lucas y Mateo retrocedieron, alertas.
—Ana… ¿es vuestra madre?

Lucas asintió, con una sonrisa sencilla y sincera.
—Sí. Ella siempre decía que somos tres —tres soles— y que cuando llegara el día, encontraríamos nuestra luna.

Eduardo sintió cómo su cuerpo se volvía pesado. Ante sus ojos aparecieron recuerdos fugaces: la habitación del hospital, las puertas cerradas, el médico al que nunca volvió a ver. Tal vez le habían mentido. Tal vez alguien había ocultado algo.

Se arrodilló para mirar a los niños directamente a los ojos.
—¿Dónde está vuestra madre ahora?

Lucas alzó la vista al cielo y luego hacia el final de la calle.
—Ella siempre decía que iba a volver cuando el sol volviera a iluminar la ciudad abandonada. Pero nunca regresó. Un día llegaron máquinas grandes y nosotros nos escapamos.

Eduardo apenas podía mantenerse en pie. Su mirada iba de Pedro a los dos hermanos desconocidos. Tres pares de ojos idénticos, tres destinos entrelazados en una sola vida.

Susurró, casi sin voz:
—Ana… ¿qué hiciste?…

De pronto, el ruido de la calle se hizo más fuerte. En algún lugar sonó una sirena de policía. Lucas y Mateo se estremecieron de miedo. Eduardo se irguió rápidamente.
—No tengáis miedo —dijo con calma—. Ahora estáis a salvo.

Abrió la puerta del coche e hizo un gesto para que subieran. Los niños dudaron, sin saber si debían confiar en él. Pero Pedro les sonrió y les tendió la mano. Lucas y Mateo, indecisos, subieron al vehículo.

Cuando el coche arrancó, el sol comenzaba a ponerse sobre la ciudad. Eduardo miró al espejo retrovisor: tres rostros iguales —uno sonriente, dos dormidos.

Y en ese momento, de la radio salió la voz amortiguada de un locutor:

«La policía ha reabierto el antiguo caso de la desaparición de Ana Fernández. Recordamos: la mujer desapareció de la maternidad hace cinco años…»

Eduardo pisó el freno con lentitud. Su mano temblaba. Miró de nuevo al espejo: tres pares de ojos verdes idénticos, separados por cinco años.

Y por primera vez en su vida no supo a quién estaba llevando a casa.

Eduardo permaneció al volante sin moverse. La radio seguía murmurando algo sobre el viejo caso, pero las palabras se distorsionaban, como si llegaran desde otra realidad. Pedro dormía apoyado en el hombro de Mateo, y Lucas miraba por la ventana, como si supiera exactamente adónde iban.

—¿A dónde nos lleva? —preguntó de repente.

Eduardo dio un respingo.
—A casa.

—Pero casa no es allí —respondió Lucas con calma, señalando hacia el lado contrario de la calle—. Es donde empezó todo.

Eduardo sintió cómo el corazón se le encogía una vez más. Puso el intermitente y condujo hacia donde el niño indicaba, sin preguntar por qué. Su instinto le decía que las respuestas lo estaban esperando allí.

Doblaron hacia un viejo polígono industrial, donde en otro tiempo se encontraba una clínica de la ciudad. El edificio llevaba años abandonado: ventanas rotas, pintura desconchada, una placa metálica oxidada con un rótulo casi ilegible: «Maternidad nº 3».

—Estuvimos aquí —susurró Mateo—. Cuando todo era muy ruidoso y había mucha luz. Luego se quedó oscuro.

Eduardo apagó el motor y bajó del coche. El aire olía a polvo, óxido y algo… familiar. Entraron en el edificio. El suelo crujía bajo sus pasos, las paredes estaban cubiertas de viejos grafitis.