Su marido pasó una semana entera en la Costa del Sol con una conocida, y cuando por fin regresó a casa, se quedó paralizado en la entrada al ver lo que lo esperaba.

Javier nunca había tenido talento para mentir. En el dormitorio, mientras metía ropa en la maleta, evitaba con obstinación mirar a Elena, la mujer con la que había compartido casi diez años de vida.

—Una conferencia de una semana entera —dijo Elena, apoyando el hombro en el marco de la puerta—. Y, claro, en Málaga. Justo en plena temporada.

—Sí —murmuró Javier, escondiendo deprisa el bañador bajo unas camisas cuidadosamente dobladas—. La empresa lo paga todo. Sería absurdo decir que no.

—¿Tu Lucía también va? —en la voz de Elena apenas había una pregunta. Sonaba más bien a cansancio de quien ya conoce la respuesta.

Javier se quedó quieto un instante, pero enseguida siguió guardando cosas, fingiendo que no había oído nada fuera de lo normal.

—Sí. Ella prepara una presentación. Es un viaje de trabajo.

—Por supuesto —Elena cruzó los brazos sobre el pecho—. Tan de trabajo como aquella cena de empresa del año pasado, cuando estuviste “revisando el proyecto” hasta las cuatro de la mañana.

—¿Otra vez con lo mismo? —Javier cerró la maleta de golpe—. Ya te lo expliqué entonces. De verdad era un proyecto importante.

—Tan importante que después me pediste que borrara los mensajes del móvil.

Javier dejó la bolsa sobre la cama y, por primera vez, miró directamente a su esposa.

—No pienso volver a hablar de eso. Mi avión sale dentro de tres horas.

—Entonces dale recuerdos a tu “compañera” —dijo Elena, apartándose para dejar libre el paso—. Que descanses mucho.

Javier masculló algo incomprensible y salió rápido de la habitación.

Elena permaneció largo rato de pie en medio del dormitorio, mirando la fotografía familiar que había sobre la mesilla. Luego tomó el teléfono y buscó con decisión el número de la persona que podía necesitar.

Málaga, a mediados de junio, recibió a Javier con un mar tibio, olas suaves y esa peligrosa sensación de libertad.

Estaba tumbado bajo una sombrilla, observando cómo Lucía entraba en el agua. Su piel bronceada brillaba bajo el sol, y varios hombres a su alrededor no podían evitar seguirla con la mirada.

—¡Ven conmigo! —gritó ella, agitando la mano—. ¡El agua está increíble!

Javier se levantó y caminó hacia el mar.

—¿En qué piensas? —preguntó Lucía, nadando hasta él y rodeándole el cuello con los brazos—. Y no me digas que en el trabajo.

—No, solo… recordé que antes de salir no envié un informe.

—Mentiroso —Lucía sonrió y rozó su mejilla con los labios—. Estás pensando en tu mujer, ¿verdad?

Javier frunció el ceño.

—Habíamos quedado en no hablar de ella aquí.

—Vale, vale —respondió Lucía en tono conciliador—. Entonces nademos hasta la boya.

Por la noche cenaron en un restaurante con vistas al mar. Lucía llevaba un vestido nuevo que había comprado el día anterior. Javier miraba cómo la luz dorada del atardecer se posaba sobre sus hombros y pensaba que, sí, era realmente hermosa. Pero en algún rincón de su pecho seguía moviéndose una inquietud oscura.

—¿Mañana vamos a la sierra? —preguntó Lucía, dando un sorbo a su copa de vino—. Quiero hacerme fotos bonitas.

—Iremos —asintió Javier—. Y compraremos algún recuerdo.

—¿A Elena le gustan los recuerdos? —preguntó Lucía de pronto, casi con inocencia.

Javier hizo una mueca.

—Te pedí que no empezaras con ese tema.

—Perdóname —Lucía cubrió su mano con la suya—. Es solo que algún día tendrás que tomar una decisión. No podemos escondernos para siempre.

—Lo sé —dijo Javier con voz sombría—. Cuando vuelva, hablaré con ella.

—¿De verdad? —los ojos de Lucía se iluminaron—. ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

La semana pasó casi sin que se dieran cuenta. Nadaron, tomaron el sol, hicieron excursiones, cenaron marisco y pasearon por el paseo marítimo. Javier casi dejó de acordarse de su casa. Casi.

El día de la partida, Lucía lo abrazó con fuerza en el aeropuerto.

—No olvides lo que me prometiste —susurró, rozándole los labios—. Esperaré tu llamada.

—Lo recuerdo —respondió Javier, separándose de ella con dificultad—. Te llamaré en cuanto hable con Elena.

Habían comprado billetes en vuelos distintos, por prudencia. En el avión, Javier pidió un whisky e intentó ordenar las palabras que le diría a su esposa.

Después de diez años de matrimonio, su vida hacía tiempo que se parecía demasiado a la convivencia de dos extraños bajo el mismo techo.

Ya entrada la noche, el taxi se detuvo frente al edificio. Tras pagar al conductor, Javier se quedó unos segundos mirando las ventanas del piso. Había luz en el salón. Eso significaba que Elena aún no dormía.

Soltó un suspiro pesado y se acercó a la puerta. La cerradura cedió casi sin ruido. Javier dejó la maleta en el recibidor y escuchó. Desde el salón llegaban música baja y voces.

“Será la televisión”, pensó mientras se quitaba los zapatos.

Pero lo que vio un instante después lo dejó clavado en el sitio.

En medio del salón había una mesa preparada como para una celebración: champán, una tarta y una vela con la forma del número “10”.

Elena estaba sentada en el sofá, pero no estaba sola. A su lado había un hombre alto y rubio al que Javier no había visto jamás. Los dos reían, y la mano del desconocido descansaba con naturalidad sobre el hombro de ella.

—¿Qué… qué está pasando aquí? —preguntó Javier con voz ronca, dando un paso dentro de la habitación.

Elena se sobresaltó y se volvió.

—¿Javier? ¿Ya has llegado? —miró el reloj—. Pensábamos que vendrías dentro de dos horas.

—¿Pensábamos? —Javier movió la mirada de su esposa al hombre.

El rubio se puso de pie y le tendió la mano con amabilidad.

—Álvaro. Encantado.

Javier no aceptó el saludo.

—Elena, explícame esto. ¿Qué celebración es esta?

—¿Lo has olvidado? —ella lo miró con una leve sorpresa—. Hoy es nuestro décimo aniversario de boda.

A Javier le pareció que el suelo desaparecía bajo sus pies. Lo había olvidado de verdad. Y lo peor era que había pasado toda aquella semana con otra mujer, ensayando cómo decirle a su esposa que quería separarse.

—¿Y decidiste celebrarlo con… él? —dijo, señalando a Álvaro con un gesto de la cabeza.

—No se preocupe —intervino Álvaro con calma, volviendo a sentarse—. Estoy aquí por trabajo.

—¿Por trabajo? —Javier apretó los puños—. ¿En mi casa? ¿De noche? ¿Con champán sobre la mesa?

—Álvaro es diseñador de interiores —explicó Elena con serenidad—. Decidí hacer una reforma mientras no estabas. Quería darte una sorpresa.

—¿Una habitación entera? ¿En una semana?

—No solo el salón —dijo Elena, invitándolo con un gesto a seguirla.

En el dormitorio todo era distinto: papel nuevo en las paredes, una cama nueva, lámparas, cuadros colocados con cuidado.

—Esto… —Javier no encontró enseguida las palabras.

—¿Te gusta? —preguntó Elena—. Llevaba mucho tiempo queriendo cambiar algo. Supongo que tu “conferencia” llegó en el momento perfecto.

Él entendió perfectamente cómo había marcado la palabra “conferencia”.

—Es muy… inesperado —alcanzó a decir.

—Y todavía falta algo —Elena abrió la puerta del que antes había sido su despacho.

Javier se quedó inmóvil. La habitación estaba completamente transformada: paredes de un azul suave, una cuna, estanterías con juguetes y una alfombra mullida.

—¿Qué significa esto? —susurró.

Elena se abrazó a sí misma, como si de pronto tuviera frío.

—Pensaba decírtelo hoy, en nuestro aniversario. Estoy embarazada, Javier. De catorce semanas.

El tiempo pareció detenerse.

—¿Embarazada? Pero nosotros…

—¿Recuerdas la noche antes de tu viaje a Zaragoza?

Lo recordó. Había sido tres meses atrás.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Esperaba el momento adecuado. Y luego te fuiste a tu “conferencia” con Lucía.

Javier palideció de golpe.

—¿Lo sabías?

—Claro que lo sabía —respondió Elena con tranquilidad—. Pero quería darte una oportunidad.

Puso una mano sobre su vientre.

—Dime la verdad. ¿La quieres?

Javier abrió la boca, pero las palabras se le quedaron atrapadas. Había creído que sí. Pero ahora, de pie en aquella habitación de bebé, ya no estaba seguro de nada.

—No lo sé —dijo al fin—. Estoy perdido.

Elena asintió despacio.

—Bien. Entonces tienes una semana. Vete donde quieras y piensa. Después vuelves y me dices tu decisión.

—¿Y si decido marcharme?

Ella cerró los ojos durante un segundo.

—Entonces te dejaré ir.

Y por primera vez en su voz no hubo histeria, ni rabia, ni reproche. Solo cansancio y una honestidad desnuda.

Esta historia habla de una elección difícil, del amor y de la responsabilidad. Javier quedó frente a una decisión que ya no podía aplazar: intentar salvar su familia o empezar definitivamente otra vida. Todos atravesamos momentos de duda, pero la verdadera fortaleza aparece cuando alguien se atreve a elegir con sinceridad y aceptar las consecuencias.

Su marido pasó una semana entera en la Costa del Sol con una conocida, y cuando por fin regresó a casa, se quedó paralizado en la entrada al ver lo que lo esperaba.
El marido, que lleva treinta y dos años de diferencia de edad con su mujer, es sólo un niño comparado con ella, pero el «niño» pronto será sesenta….