Había sido en verano. El cumpleaños de Laura, en la casa de campo de sus padres. La tarde había comenzado de la forma más normal: carne a la brasa, vino casero, brindis, risas, felicitaciones. Carmen estaba extrañamente animada aquella vez. Con un vestido ligero de verano y el pelo suelto, parecía ajena a la edad, viva, cálida, llena de una energía que llevaba demasiado tiempo guardada. Manuel Ortega, su marido y padre de Laura, se pasó como siempre con el orujo de hierbas y terminó dormido en la hamaca antes de que aparecieran las primeras estrellas. Laura se había marchado a la ciudad porque tenía que preparar un seminario importante para la mañana siguiente, y prometió volver al amanecer.
Javier también había bebido más de lo prudente. En aquellos meses, su matrimonio con Laura atravesaba una crisis larga y áspera: discusiones por la casa, reproches pequeños que se acumulaban como polvo, frialdad, cansancio, una distancia que ya ninguno sabía cómo nombrar. Vivían uno junto al otro como dos desconocidos unidos por una hipoteca y por la costumbre. En algún momento, en el porche, solo quedaron él y su suegra. Una luna fina iluminaba la mesa, donde aún había platos con restos de la cena.
—¿Sabes, Javi? —Carmen hacía girar lentamente la copa entre los dedos—. A veces siento que nunca he vivido para mí. Siempre para alguien. Para mi marido, para mi hija, para hacer lo que tocaba, lo que era decente. Y yo sigo viva. Todavía siento cosas.
Habló de su soledad, de Manuel, que desde hacía años era menos un esposo que un compañero de casa con quien casi no tenía nada que decirse. Javier la escuchaba, asentía, y de pronto empezó a sentir una cercanía inquietante con aquella mujer. Esa noche dejó de verla solo como la madre de Laura. Era una persona: agotada, sola, perdida, igual que él.
Nunca logró recordar quién cruzó primero aquella frontera invisible. En la memoria solo le quedaron el olor de su perfume, a azahar mezclado con hierbas amargas, el calor de su piel y aquel susurro casi inaudible: «Esto no va a cambiar nada… Solo una vez. Como si volviéramos a tener veinte años…». A la mañana siguiente, al despertar en la habitación de invitados, Javier se sintió el hombre más miserable del mundo. Carmen ya estaba en la cocina, preparando tortitas, y se comportaba como si entre ellos no hubiera ocurrido nada más que una conversación demasiado larga y demasiado sincera. Decidieron callar. Olvidar. Sacarlo de sus vidas. Y estuvieron a punto de conseguirlo. Hasta ese día. Hasta aquella mancha de nacimiento.
Javier se pasó la palma por la frente empapada de sudor. Las enfermeras cruzaban el pasillo y lo miraban de reojo, inquietas, pero a él le daba igual. Los pensamientos se atropellaban unos a otros. «Un niño y una niña… mellizos… Entonces, ¿la niña también es mía?». El niño llevaba su señal. Los mellizos podían no ser idénticos, pero habían sido concebidos en la misma noche. Apenas quedaba espacio para la duda: él acababa de convertirse en padre de sus propios cuñados. La monstruosa absurdidad de aquello era tan grande que sintió ganas de soltar una carcajada, pero del pecho solo le salió un sollozo ahogado.
La puerta de la habitación chirrió suavemente y Carmen apareció en el pasillo. Llevaba una bata de franela del hospital. Con una mano se sujetaba a la pared y con la otra se protegía el vientre con cuidado. Su rostro estaba gris, fatigado, casi consumido; aun así, sus ojos ardían con un brillo febril y de una lucidez que daba miedo.
—Javi, tenemos que hablar. Ven allí —dijo, señalando con la cabeza una pequeña sala de descanso al final del corredor.
Entraron en un cuarto estrecho, con dos sillones vencidos y un televisor viejo. En una esquina zumbaba de forma constante una nevera pequeña.
—Lo has entendido, ¿verdad? —preguntó ella sin rodeos, mirándolo de frente.
—Tiene la misma marca, Carmen. Igual que la mía. En el mismo sitio. Usted sabe lo que significa.
—Calla —lo interrumpió, levantando la mano con brusquedad—. Ahora vas a escucharme con atención. Manuel no puede tener hijos. Nunca pudo. De joven tuvo paperas con complicaciones graves. Yo lo supe antes de casarnos. Los médicos lo confirmaron entonces.
Javier se quedó inmóvil. El suelo volvió a inclinarse bajo sus pies.
—¿Y Laura? —preguntó con la voz rota.
—Laura es mi hija.
Javier sintió que se quedaba petrificado, como si la última tabla bajo sus pies acabara de quebrarse. Miró a su suegra esperando una explicación que pudiera salvar los restos de su cordura o terminar de hundirlo para siempre.
—¿Laura es hija suya? —se le quebró la voz—. ¿De otro hombre? ¿Manuel lo sabía?
Carmen se dejó caer con dificultad en el sillón hundido y apretó los labios por el dolor de los puntos recientes.
—Lo sabía. Y lo aceptó. Porque me quería. Porque él no podía darme un hijo, pero tampoco quería que yo pasara la vida castigada por eso. Encontramos… un donante. Anónimo. Entonces no se hablaba de estas cosas como ahora, pero era lo mismo. Biológicamente Laura no es hija de Manuel, pero él la crió como si lo fuera. Y ella jamás sabrá la verdad —Carmen levantó hacia Javier unos ojos irritados, encendidos—. Igual que estos dos jamás sabrán la verdad sobre ti.
