Tres días después, Sergio volvió a sacar el tema. Esta vez con más dureza.
—Yo no pienso vivir así. Llegas de madrugada, hueles a colonia ajena, a alcohol, y te metes en la cama como si fuera lo más normal del mundo.
—Trabajo detrás de una barra, Sergio. La gente pide bebidas. Yo las preparo. El olor a colonia es el olor del local, no el de un hombre concreto.
—¿Y tengo que creerme eso?
Lucía se volvió despacio hacia él.
—¿No confías en mí?
—¿Y cómo voy a confiar en una mujer que atiende a borrachos hasta las tres de la mañana?
La bofetada fue corta y sonora. Lucía lo golpeó con la palma abierta, una sola vez, precisa, sin impulso exagerado. La cabeza de Sergio se ladeó. Se llevó la mano a la mejilla y se quedó inmóvil, mirándola con los ojos muy abiertos.
—No te atrevas. Ni siquiera te atrevas a pensarlo —Lucía estaba delante de él, y su voz no temblaba—. Soporté que me llamaras vaga. Soporté que despreciaras cada día que pasaba con nuestro hijo. Soporté que me compararas con mujeres ajenas. Pero acusarme de eso, no. Eso no te lo voy a permitir.
Sergio guardó silencio. La mejilla le ardía. Quiso decir algo, pero no pudo. Las palabras se le quedaron atrapadas entre la ofensa y la vergüenza.
—Me voy al turno —Lucía cogió el bolso—. Mateo ya comió, la papilla está en la nevera. Los pañales están en el estante del baño. Te arreglarás.
La puerta se cerró.
Sergio permaneció varios minutos en el pasillo. Luego sacó el móvil y llamó a Andrés.
—Andrés, me ha pegado.
—¿Qué?
—En la cara. Con la mano.
—Pero tú no vas a permitir que una tía…
—Me lo merecía —dijo Sergio en voz baja, y él mismo se sorprendió al escucharse—. Le dije una barbaridad. La acusé de liarse con hombres en el trabajo.
—¿Y ahora qué?
—Ahora entiendo que la he perdido. Y no sé si eso se puede arreglar.
Andrés se quedó callado un momento.
—Escucha, quizá deberías irte. Por un tiempo. Que viva sola, que vea lo que es estar sin ti. Sin tu sueldo no aguantará. Además, tú la ayudas con el niño.
—¿Tú crees?
—Estoy seguro. Las mujeres espabilan rápido cuando no hay un hombre en casa. Una semana y te pedirá que vuelvas.
Sergio lo pensó durante dos días. Al tercero empezó a recoger sus cosas.
Estaba metiendo camisas en una bolsa de deporte cuando Lucía volvió de pasear con Mateo. El niño iba sentado en el carrito, con las mejillas rosadas por el viento y el chupete en la boca. Lucía vio la bolsa y se quedó quieta en la entrada de la habitación.
—¿Te vas?
—Sí —Sergio cerró la cremallera—. Me quedaré en casa de Andrés.
—Está bien.
—¿Otra vez “está bien”? ¿Tú sientes algo?
—Siento. Pero no voy a suplicarte. Eres un adulto.
—¿Te da igual? —alz Quió la voz—. Me estoy yendo y ni siquiera reaccionas.
—Sergio, no te vas de mí. Huyes de una situación que tú mismo creaste. Exigiste que trabajara, y trabajo. Exigiste que ganara dinero, y gano dinero. ¿Ahora te molesta que pueda con ello? ¿Que no llore ni te ruegue que te quedes?
—¡Yo quiero una familia normal!
—Y yo quiero un marido normal. Uno que no humille, que no desprecie y que no salga corriendo cuando su mujer se vuelve más fuerte de lo que a él le conviene.
Sergio agarró la bolsa.
—No vas a resistir sin mí. El piso, los gastos, el niño. Ya veremos cómo cantas dentro de una semana.
Lucía sonrió apenas, solo con las comisuras de los labios.
—Sergio. Este piso es de mi padre. Está a su nombre. Siempre lo estuvo. Tú vivías aquí porque yo se lo pedí.
Sergio se quedó paralizado.
—¿Qué?
—El piso pertenece a mi padre. Lo puso a su nombre antes de nuestra boda, cuando todavía éramos novios. No te lo dije porque no había motivo. Ahora sí lo hay.
—Tú… ¿lo ocultaste a propósito? ¿Lo preparaste todo?
—No. Simplemente nunca puse todas mis cartas sobre la mesa. Y tú nunca preguntaste.
Sergio permaneció allí con la bolsa en la mano, y toda su seguridad se le deshizo como yeso viejo. Estaba convencido de que se marchaba como vencedor. Imaginaba que Lucía saldría detrás de él, que llamaría, lloraría, pediría que volviera. Pero ella estaba delante, con su hijo de un año en brazos, mirándolo tranquila. Sin rabia. Sin histeria. Con esa misma calma que él había confundido con indiferencia, y que en realidad era fuerza.
—Mateo te echará de menos —dijo ella a su espalda cuando él avanzó hacia la puerta—. Ven a verlo cuando quieras. Es tu hijo. Eso nadie lo borra.
La puerta se cerró detrás de Sergio.
Bajó las escaleras, salió al patio y solo entonces se dio cuenta de que llevaba la chaqueta del revés. Se la quitó, se vistió bien, se abrochó y llamó a Andrés.
—Andrés, ¿puedo ir a tu casa?
—Claro. ¿Funcionó?
—No. El piso es de su padre. Ni siquiera me ayudó a hacer la maleta.
Andrés tardó en responder. Al final dijo:
—Bueno… ven. Ya veremos.
Pero ya no había nada que ver. Lucía no llamó. No escribió. No le pidió que volviera. Al día siguiente encontró una niñera: una mujer mayor del patio de al lado que, por una cantidad razonable, aceptó quedarse con Mateo durante sus turnos. El dinero alcanzaba: las propinas aumentaban, en La Brisa valoraban su rapidez, su precisión y aquella sonrisa que no desaparecía ni a las tres de la mañana.
